Un fotógrafo, de montería junto a una rehala (1)

Los trofeos van llegando al cortijo. Pero no adelantemos acontecimientos. Foto: perezventana.

Amanece en Encinasola. Un coqueto hotel empedrado recibe a una legión de hombres de verde. Sí, hoy voy de montería. Pero por más que miro a ambos lados no veo una escopeta al hombro. Hoy seré fotógrafo cinegético. No está mal el plan propuesto por el amigo Iván Ybarra, aunque mis huesos terminen acordándose de su estampa.

La cita es en la Hospedería Rincón del Abade de esta localidad onubense, territorio serrano que limita al norte con Extremadura y al oeste con Portugal. Son las 9 de la mañana. Los monteros están convocados a esta hora para el desayuno y sorteo de puestos. Sobre lo primero, he de decir que estos nobles cazadores llegados allende fronteras deben tener estómagos de acero, pues un gran plato de huevos con migas y embutidos varios –y que no falte la copita de aguardiente– es menú para superhombres. Yo no soy tan machote, lo confieso. Paco Berjano, el orgánico, da la bienvenida a los presentes. Ante él más de un centenar de aficionados perfectamente pertrechados. Gran momento del arte de la caza. Nada rompe la armonía estética. El organizador recalca las normas de seguridad. A qué se puede tirar, a qué no. Escopeta en mano, cargada y seguro puesto. «Ayer visitamos el coto y vimos muchos rastros. Hoy confiamos en que entren reses”, dice. El sorteo adjudica su sitio a cada cual. Nuestro destino es el coto de caza Valdelosajos, mancha La Juncal. Mil hectáreas de finca abierta pero con magníficas cosechas en las tres últimas convocatorias de la orgánica onubense Monteros de Encinasola.

Y ahora viene la madre del cordero. O del jabalí, mejor dicho. El plan de Iván es acompañar a una rehala de perros. Literalmente. Por donde suban los perros subiremos nosotros. Léase el rehalero, Iván y yo. Una experiencia nueva para un servidor, que debe andar lastrado por una cámara y diferentes lentes. El aire es húmedo y frío, pero me aconsejan con manifiesta sabiduría que me despoje de toda ropa innecesaria. Quítate el chaleco que lo vas a pasar peor que el Señor en la cruz. Explícito. A las 11,45 de la mañana se abren los portones y una jauría de perros se adentra con sus amos en la selva. Digo bien. En total, 22 rehalas. Cinco centenares de perros repartidos por una mancha muy grande. Hermosa, sí, pero con un desnivel y unos arbustos altos y enmarañados que ríete tú de los desafíos extremos de Jesús Calleja. Nosotros vamos con la rehala del taxidermista Serafín Venegas. La conduce con maestría Guillermo García, que trae los animales desde Nerva. Son cruces de podencos y algún álamo español, can de presa. Bellos animales, vive Dios.

Seguidme, dice Guillermo. ¿Por dónde? ¿Pero por ahí se puede pasar? Iván mete la reductora cual cabra montesa. Es lo que tiene ser curtido montero. El fotógrafo, en cambio, sufre daños colaterales. A una jara se le antoja el parasol de mi cámara. A otra, la tapa del objetivo. Por no hablar de cuando piso en falso y ruedo monte abajo. En pocos minutos los perros localizan rastros y levantan bichos encamados. Ahora entiendo dónde duermen las reses en su hábitat natural. Pasas a su lado y eres incapaz de apreciar su presencia. Pero los perros sí enturbian el feliz descanso de venados y jabalíes. ¡¡¡Pon, pon, pon!!! Los animales corren a nuestra verita como los tiranosaurios rex de Parque jurásico. Retumba el monte a su paso. Emocionante. Y se escuchan los primeros disparos. Confío en que vean bien el chaleco reflectante de Guillermo, porque mi camisa verde no ayuda mucho.

Lo malo de ir de montería con una rehala de perros es que no ves los disparos. Solo los escuchas. Te pierdes el sagrado instante del ciervo desplomándose. De vez en cuando tomas contacto con las armadas. Hay puestos en todas las vías de escape, traviesas en el perímetro. Los veo en los cortaderos, o frente a los limpios, y continúo mi caminar. El lenguaje del rehalero para motivar a los canes y avisar a los monteros es impresionante. Incomprensible pero ciertamente eficaz. Con esas, y con los clic de la nikon aquí y allá, me mantengo entretenido. Así no pienso en la extraordinaria paliza que le estoy metiendo a mi sufrido cuerpo de cuarentañero de asfalto. Desde luego este es un monte apretao, como decía aquel. Más que un deo en el culo, disculpen la ordinariez.

Son las 13,30 h. Me dicen que la montería va bien. Yo no alcanzo a apreciarlo entre tanto matorral. La madre que los parió. A los matorrales, digo. Los disparos son frecuentes. Muchos guarros y venados, cuentan. Cambiamos de vertiente. De vez en cuando aguardamos. Y retomamos la batida de la loma en línea con los rehaleros de enfrente. ¡¡¡Mira dónde va, va p’abajo!!!, grita Guillermo. Un montero recoge el aviso. Eso parece. Y tocan a retirada. A nosotros aún nos queda recoger el rebaño, es un decir. Varias horas hasta que algún que otro perro perdido regresa al redil. Entrada la tarde, nos unimos en el cortijo a la animada tertulia de los monteros frente a varias ollas de guisos y cocidos. Otro gran momento. Solo por este homenaje culinario mereció la pena tanta caloría quemada, tanta ropa manchada y rasgada, tanto hueso molido. Llegan los 4×4 con los trofeos. El recuento anuncia palabras mayores: 34 venados, 23 jabalíes y 11 ciervas. Entre ellos, un magnífico venado, posiblemente bronce, y dos ejemplares de 13 y 14 puntas, respectivamente. En total, 250 disparos, para más señas.

Definitivamente, acompañar cámara en ristre a una rehala de perros de montería ha sido una experiencia grandiosa. Puedo prometer y prometo que nunca más la repetiré.

Texto y fotos: Quico Pérez-Ventana (@perezventana)

 

La Hospedería Rincón del Abade recibe a los monteros. Foto: perezventana.

El orgánico da la bienvenida a los cazadores. Foto: perezventana.

Sorteo de puestos. ¡Han cantado línea! Foto: perezventana.

El amigo Iván Ybarra, truhán y señor, departe con los monteros sobre la suerte echada. Foto: perezventana.

Guillermo García me muestra su rehala procedente de Nerva. Foto: perezventana.

El can me mira con cara de buena gente. No pensarían lo mismo las reses. Foto: perezventana.

La comitiva de rehalas aguarda frente al Abade. Los monteros primero, por favor. Foto: perezventana.

Entramos en la finca de Valdelosajos. Exuberante paisaje. Foto: perezventana.

El carril nos conduce a la mancha La Juncal. Foto: perezventana.

Algún animal malherido puede embestirnos. Iván se transforma en Rambo. Foto: perezventana.

El gestor de esta web, Quico Pérez-Ventana, junto al rehalero Guillermo García. Foto: Iván Ybarra.

Los perros han hecho del hombre su dios. Si fueran ateos serían perfectos. Foto: perezventana.

Ya estamos monte arriba. Los perros olisquean. Los hombres escudriñan. Foto: perezventana.

Abriendo huella hacia la cima. Foto: perezventana.

Una res huye de los perros. Foto: perezventana.

Iván divisa un ejemplar. Él sí que tiene un sexto sentido, y no el chico que en ocasiones veía muertos. Foto: perezventana.

Una pequeña cierva parece pedirnos clemencia. Foto: perezventana.

Puestos en los cortaderos. Foto: perezventana.

Por momentos, el terreno se vuelve irregular. Yo creía que Iván estaba como una cabra (montesa) por otras razones. El fotógrafo ve una flor endémica y echa el cuerpo a tierra. Foto: perezventana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ver AQUÍ la continuación de este reportaje fotográfico.

 

COMENTARIOS

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    Santiago 5 años

    Qué arte, Ivan!!! Cuándo ha sido esto??? Uy, qué guaaaarrooooooooooo!!!!!!!!!

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    Hugo 5 años

    Felicidades por tan fantástico relato. Me gustaría publicarlo en alguna revista, si te parece o si no lo hiciste ya.
    Un saludo desde Monteros de Encinasola.

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    Ey, me ha gustado bastante tu post así que pensé en dejarte un saludo. He copiado tu rss para no perderme tus noticias. Besos desde Perú.

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