El gran juego de la pesca de altura en Andalucía

El gran juego de la pesca de altura en Andalucía

Al pensar en esas tres palabras, pesca de altura, nos viene a la mente la imagen de una gran embarcación de doble puente navegando en alta mar con los tangones desplegados a babor y estribor y un pescador sujeto con arneses a una silla de combate batiéndose en noble lid con un inmenso atún rojo venido de los confines del océano o con un hermoso pez espada que le regala vistosas cabriolas sobre las olas. Y es una imagen real. La pesca de altura es el espectáculo supremo, la belleza plástica elevada a su máxima potencia. El sueño de todo pescador deportivo que sale al mar en busca de fuertes emociones. La última frontera. Pero, en honor a la verdad, la que describimos es una estampa cada vez menos frecuente, y no nos referimos solo a la reciente prohibición autonómica de pescar el atún rojo de forma recreativa. El acuciante descenso en las capturas dibuja un panorama ciertamente desalentador, con un volumen de afición estancado, incluso en retroceso. Y esto ocurre precisamente cuando otros factores –desarrollo turístico de la costa andaluza– podrían jugar a su favor y convertir esta práctica deportiva en una fuente de riqueza para determinadas localidades próximas al Estrecho. En 1939, Ernest Hemingway ya alertaba del peligro al que se enfrentaba la pesca de altura, aunque él no se refería a la esquilmación de atunes y marlines, sino al rápido desarrollo de los aparejos de pesca, que poco a poco iba a ir reduciendo la pelea que implica “una contienda de fuerza y resistencia entre un hombre y un pez de gran tamaño”.   

La práctica totalidad del litoral andaluz ha albergado jornadas de pesca de altura desde hace décadas. Al fin y al cabo, para practicar esta modalidad de pesca no hay más que retirarse unas cuantas millas de la costa con una embarcación de 6 mt de eslora en adelante.

Paradójicamente, la especie reina de este litoral, el atún rojo gigante, no se capturó con la técnica del curricán –esencia de la pesca deportiva– en las emblemáticas aguas del Estrecho hasta bien avanzados los 90. Antes de ese momento, habían salido ejemplares enormes, pero siempre hacia el Mediterráneo y al brumeo o con cebos vivos en zonas previamente cebadas. Tradicionalmente, los pescadores eran incrédulos respecto a la posibilidad de poder pescar grandes atunes de forma recreativa, es decir, con caña y mediante el empleo de la gran cacea. Cada año pasaban por estas aguas decenas de embarcaciones recreativas procedentes del norte –Santander, Santoña, Bermeo, Fuenterrabía, San Sebastián…– que continuaban viaje hacia las costas baleares y catalanas para pescar la albacora o bonito del norte. Frente a Tarifa, ni detectaban ni pescaban el atún. Tampoco les seducirían las duras condiciones del Estrecho, que se les mostraba con sus habituales inclemencias meteorológicas –vientos, corrientes, brumas–, intensa circulación marítima y, lo que es más importante, la prohibición de pescar en la zona de separación de tráfico, es decir, en toda la franja ‘estrecha’ –unos 14 km– que separa ambos continentes. Obviamente, ese es el lugar más caliente para el paso de los escómbridos, la autopista con menos carriles.

Antes del reciente boom de los grandes túnidos, se usaban en estas aguas cañas de 50 lb, quizá alguna de 80 lb. En ocasiones, algún monstruo marino reventaba las líneas.

En el último lustro del s. XX, y ante la constancia de que el atún gigante también atacaba las muestras de curricán, el empleo de materiales de 130 lb permitió la captura generalizada de ejemplares por encima de los 100, 200 y hasta 300 kg. Felizmente, así ha ocurrido durante largos y frenéticos años. Los pescadores más avezados saldaban cada salida con varias embestidas de atún gigante. En el momento de redactar estas líneas (2005), las picadas son escasas. Cada año es peor que el anterior. En la última temporada se vieron muy pocos atunes rojos en los puertos deportivos. De hecho, las únicas picadas notables –y sus consiguientes cobros de piezas– se produjeron durante las últimas horas de luz, casi entrada la noche, y esa es una situación muy peligrosa cuando se navega en las inmediaciones del Estrecho de Gibraltar. La mayoría de los ‘deportivos’ con dos dedos de frente evitan la presunta diversión que se puede obtener mientras se pesca a oscuras rodeado de ferrys y mercantes. Se da, pues, la circunstancia de que diestras embarcaciones de pesca de altura no han disfrutado de una sola entrada en combate con un grander. ¿Cunde el desánimo? “Los pescadores con una afición más consolidada mantenemos una relación de amor-odio con el Estrecho. El día que no pescas nada llegas al puerto con la decepción, pero también con la ilusión de volver a ir a pescar al día siguiente. Esa es la verdadera afición. El mal aficionado es el que sale por primera o segunda vez al Estrecho, pesca un atún y se cree que así será todos los días”, comenta Alberto Iriarte, representante de la IGFA (International Game Fish Association) en la Costa del Sol.

“Lo que realmente diferencia una jornada de pesca de altura convencional de otra en la que se busca el gran atún es el sonido de un carrete sonando. Cuando silba la carraca de una caña provoca un subidón de adrenalina, se te acelera el corazón y te preparas para la batalla”, comenta Octavio Gil, de la embarcación K-Dos.

“En condiciones normales, no eres capaz de liberar hilo con la mano de ese carrete, y cuando se produce la picada ves salir 100 mt en pocos segundos. El atún te saca 300 mt de sedal en un solo tirón. Recuperas 200 y, en otro tirón, te vuelve a sacar esos 200 y otros 100. Y volver a empezar. Así, varias horas”. Es una pesca de equipo. Cada uno a su puesto. Tan importante es el hombre que está en la silla de combate como el que gobierna la nave o el que maneja el bichero. O el que antes seguía desde el flying bridge la estela de los cebos y buscaba indicios de grandes peces. Y en el agua, un miura jalando hacia atrás. Una feroz batalla de final incierto. Siempre en plena concentración. Sin duda, vivir esa experiencia es la que posibilita que, después de seis jornadas de vacío, se emprenda una séptima salida, y una octava, y una…  Tampoco aviva el sentimiento de decepción por un verano sin grandes capturas el hecho de que el crecimiento económico posibilite que en la costa andaluza cada vez haya más personas con suficiente poder adquisitivo para hacerse con coquetas embarcaciones recreativas tipo crucero-pesca o paseo-pesca. En los puertos deportivos de Barbate, Sotogrande, Banús o Benalmádena están atracadas decenas de ellas. Pero no nos engañemos: la pesca de altura, digamos, a lo grande aún es prohibitiva para los bolsillos más comunes.

La presión pesquera

¿Será cuestión de ciclos? Pese a la insostenible presión pesquera profesional, potenciada por la querencia japonesa al sushi, aún hay atunes en el mar. Hace sólo diez años, la almadraba de Barbate embarcaba 250 grandes atunes rojos en sólo una de sus muchas levantadas y dejaba otros tantos en la red para regresar al día siguiente; ahora se levantan un millar en toda la temporada. Las redes de deriva y las granjas de engorde –que capturan miles de ejemplares pequeños con artes de cerco y, además, causan gran impacto medioambiental– están haciendo estragos en el Mediterráneo, donde se calcula que la población de atún rojo ha descendido un 80 % en los últimos 30 años.

El brumeo, que se practica con la embarcación fondeada o al garete –drifting–, se ha empleado siempre en la zona surmediterránea, sobre todo en la Bahía de Málaga y en la costa almeriense. Primero se macizaba –acción de lanzar carnada al mar–, luego se echaba la línea de mano y, a partir de entonces, a esperar que el atún llegara excitado por el rastro del cebado. En los 90, normalmente en los meses de mayo, se capturaron buenos ejemplares con este sistema en el Seco de los Olivos, un bajo ubicado frente a Almerimar. En Málaga, por su parte, se clavaban atunes de retorno que recalaban en esta costa en los meses de agosto y septiembre buscando el boquerón en fondos de 40 o 50 mt. Esta técnica de brumeo era –y es– empleada por algunos deportivos y un buen número de profesionales. Entre ellos, obviamente, media un abismo. Los segundos no reparan en cuestiones tales como la resistencia de la línea –pueden emplear artes de hasta 1.000 lb–, pues su objetivo es coger el mayor pez posible para venderlo; y cuantos más mejor. El deportivo, por el contrario, va a divertirse y se le impone una limitación de 130 libras (1 libra: 0,453 kg de resistencia), normativa que debe cumplir, por ejemplo, para poder homologar un récord. Son normas respetadas por los aficionados y recogidas fielmente en las reglamentaciones de los torneos de pesca de atunes que se desarrollan en la comunidad andaluza. El primero de ellos arrancó en Benalmádena, Málaga, en 1994: el Torneo Internacional de Pesca de Atún ‘Trofeo Puerto Marina’. Con el tiempo, este concurso popular ha llegado a convertirse en uno de los más importantes a nivel nacional para esta modalidad de pesca deportiva, tanto en cantidad como en variedad de embarcaciones participantes. Y es que la Bahía de Málaga ofrece a los aficionados, primero, aguas con tráfico de atunes en esta época del año –agosto–, y, segundo, la posibilidad de pescar estos peces a brumeo a apenas cuatro o cinco millas de la costa, lo que permite a embarcaciones menores salir a buscarlos. Actualmente, otros puertos deportivos como los de Barbate, Sotogrande, Ceuta y Banús organizan sus propios torneos de pesca de altura.

Sobre el atún

Los diferentes estudios que se han realizado sobre el atún rojo descubren datos tan sorprendentes como el hecho de que este pez engorda entre 5 y 7 kg en su primer año de vida, periodo en el que come diariamente 1,5 veces su propio peso corporal. El ejemplar de 377 kg capturado en Estepona al que nos referíamos antes tenía alrededor de 18 años, y se calcula que había pasado por el Estrecho entre 6 y 7 veces. Precisamente un grupo de expertos de California encabezado por la bióloga marina Barbara A. Block hizo público en abril de 2004 en la prestigiosa revista Nature un estudio científico alertando del serio peligro de extinción en el que se encuentra el atún rojo debido a las agresivas prácticas de pesca a la que es sometido en el Atlántico. Científicos de la Universidad de Stanford y del Acuario de Monterrey colocaron identificativos electrónicos a 772 atunes durante ocho años, periodo en el que estudiaron sus comportamientos –comprobaron, por ejemplo, que se sumergen hasta los 300 mt– y pautas migratorias, estableciendo como conclusión que existen dos subespecies, la mayor de las cuales vive al oeste del Atlántico, en el Golfo de México. Según demuestran, esta especie se mezcla con la del área este, en contra de lo que opina la Comisión Internacional para la Conservación del Atún del Atlántico (ICCAT), que ha establecido distintas cuotas para cada una de ellas en su hábitat natural. De esta forma, los atunes de la zona occidental, los que están más en riesgo debido a su mayor demanda comercial, son pescados dentro de la cuota del área este, poniendo en riesgo su supervivencia. La doctora Block aseguraba en su informe que no termina de creer que “un pez de semejante tamaño y belleza, un animal que había conquistado el corazón de pescadores y científicos por igual durante milenios, esté desapareciendo”, a la vez que recomendaba la creación de vedas estacionales a la pesca con anzuelo en las áreas de desove del Golfo de México y un mayor control de las capturas en el Atlántico Central.

Pero volvamos al atún rojo que pasa por el Estrecho de Gibraltar y su alarmante descenso poblacional. Los gestores de las almadrabas forman el colectivo que mejor conoce la especie en cuestión. La Organización de Productores Pesqueros de Almadrabas (OPP 51) ha venido significando que las cuatro almadrabas del litoral gaditano –Conil, Barbate, Zahara de los Atunes y Tarifa– suelen capturar conjuntamente la misma cantidad que levantaba hace una década una sola de ellas; en números redondos, 4.500 atunes de un peso medio de 200 kg. Para que una almadraba, con sus aproximadamente 100 trabajadores, sea rentable se deben capturar de 2.000 piezas en adelante. La OPP 51 responsabiliza de esta grave crisis del sector almadrabero a las artes de cerco que capturan el atún en el Mediterráneo para las granjas de engorde y abaratan el precio del producto. Las técnicas empleadas por esos grandes pesqueros, normalmente con bandera francesa o italiana, están esquilmando la población de atún rojo y, con ello, hiriendo de muerte un modelo de pesca sostenible que se ha venido desarrollando en el Mediterráneo durante los últimos 3.000 años.

Especies de túnidos

Generalmente existe cierta confusión en cuanto a la catalogación de las especies predadoras pelágicas, en general, y los túnidos, en particular. El pescador deportivo sale al mar y siente la picada de un atún, pero debe conocer el valor gastronómico y deportivo de cada especie. Los que habitan las aguas del litoral andaluz son los siguientes:

  • Atún rojo (thunnus thynnus): o atún de aleta azul, quizá el mayor pez óseo o de espina del planeta –el tiburón ballena es aún más grande, pero es cartilaginoso–, con sus 700 kg de tamaño máximo. El récord absoluto IGFA lo ostenta un gigante de 678,6 kg. Se caracteriza por una coloración del dorso azul oscura o negra, cabeza grande y ojos más pequeños que los de otros atunes. En el litoral gaditano reciben el nombre de atunarros los ejemplares inferiores a 50 kg. En otros puntos del país se conoce como cimarrón.
  • Patudo (thunnus obesus): más escaso en el sur, donde sólo se muestra en el Atlántico. Puede llegar a alcanzar los 235 cms y 600 kg. Posee una cabeza corta y ojos muy grandes.
  • Albacora (thunnus alalunga): también conocida como atún blanco, bonito blanco o bonito del norte, alcanza los 30 kg de peso. Este pez es común en todo el perímetro peninsular, pero, por alguna razón, por el Estrecho parece que pasa a gran profundidad y vuelve a aflorar a la altura de Cabo de Gata.
  • Bacoreta (euthynnus alletteratus): este pequeño túnido, que rara vez sobrepasa los 8 kg, se está dejando ver abundantemente en los últimos años en las almadrabas. Se distingue por los puntos oscuros bordeados de blanco entre las aletas pélvicas y las pectorales. En el litoral andaluz se conoce también como barcora, sarda o barcoreta.
  • Listado (katsuwonus pelamis): Conocido popularmente como alistao, se captura frecuentemente a curricán en toda la costa andaluza con un peso medio de 2 a 5 kg. Posee unas líneas longitudinales marrones o negruzcas. Su valor gastronómico es inferior al de otros túnidos, pues su carne es excesivamente sangrante.
  • Bonito (sarda sarda): Se diferencia del resto por su dorso azul verdoso en el que se distinguen entre 5 y 11 bandas oscuras ligeramente oblicuas en los adultos, y entre 12 y 16 bandas verticales en los jóvenes. Además, este pez posee unas hileras de dientes característicos que le hacen ser conocido en Canarias y otros lugares como serrucho o sierra.
  • Melva (auxis rochei): Un túnido pequeño, cuyo tamaño máximo ronda los 2 kg, de alto interés para la industria conservera, que incluso la denomina con el distintivo ‘melva de Andalucía’. Entra frecuentemente a las muestras de curricán y se reconoce por su coloración gris azulada y por las 15 bandas verticales oscuras por encima de la línea lateral. En Andalucía se conoce en ciertos contextos como lubina o robalo, también como magallón o magallona.
  • Rabil (thunnus albacares): Muy poco frecuente en las embarcaciones de pesca de recreo, aunque los aficionados más veteranos cuentan con algún ejemplar entre sus trofeos tanto en el Atlántico como en el Mediterráneo. Este pez es demandado para la popular conserva de atún claro, denominada en inglés yellowfin tuna, y suele mostrarse en esos espectaculares reportajes de televisión en el Pacífico y el Índico que tienen el big game fishing como protagonista. Pasa por ser el atún de mejor calidad gastronómica. Visualmente, se caracteriza por poseer unas larguísimas aletas dorsal y anal de color amarillo brillante. Normalmente no sobrepasa los 150 cms de longitud.

Otros trofeos del big game fishing

El atún rojo que abre y cierra las puertas del Estrecho de Gibraltar en su majestuoso ir y venir por los océanos del planeta, su huella milenaria en la historia de la humanidad, su pesca deportiva, su conservación, daría para varios centenares de entradas en esta web. Pero hay más retos en la pesca de altura. En Andalucía arriba otra especie de altísimo interés deportivo: el pez espada. El primer dato que ofrecemos de esta especie es lingüístico: es el único pez que en su nombre científico combina una palabra en griego y otra en latín, xiphias gladius. El pez espada es otra magnífica criatura de nuestros mares, donde también se conoce como aguja palá o emperador. Un animal que aún esconde muchos secretos para el hombre. Otros picudos presentes en el litoral andaluz son el marlín (tetrapturus albidus) y el pez vela (istiophorus albicans).

En los últimos años se está pescando a ambos lados de Tarifa una variedad de marlín blanco conocida como aguja imperial (tetrapturus belone).

También son objeto de la pesca de altura los escualos. Los que suelen capturarse en Andalucía, normalmente a brumeo, son la tintorera (prionace glauca, también conocida como tiburón azul o caella), el marrajo (isurus oxyrinchus, el único que entra a curricán), el pez zorro (alopias vulpinus), el cazón (galeorhinus galeus) y el pez martillo (sphyrna zygaena). Por último, está otra especie pelágica que suele morder los artificiales del curri. Se trata de la lampuga, también conocida como llampuga o dorao. Un precioso pez de librea verde-azulada con manchas doradas que cuando aparece nos hace soñar con una jornada de pesca en el Caribe. Y el mar aún se reserva otras sorpresas…

Lo que conocemos como curricán de altura, es decir, la pesca de grandes pelágicos desde una embarcación en movimiento, recibe el nombre técnico de gran cacea. A nivel internacional, se denomina big game fishing o deap sea fishing. En lo referente a la propia técnica, para la pesca del atún o el pez espada se suele partir de varios factores, como son la velocidad de navegación, el tipo de barco y el equipo de pesca. En estas aguas, la velocidad de crucero suele ser de 7 nudos (entre 6 y 8 con carácter más amplio). El barco es tipo fisherman o crucero pesca, que ofrece mayor comodidad, normalmente provisto de silla de combate o stand up (de pie), una bañera con puerta y los clásicos tangones –también llamados divergentes o outriggers–, uno por cada banda, que amplían la manga y abren el ángulo de acción de los señuelos. En cuanto al equipo, la caña de curricán es de un tramo, extremadamente robusta y rígida y con una acción de entre 80 y 130 lb. Además, posee rodillos en vez de anillas con el fin de reducir el rozamiento de la línea.

El carrete, con el tambor giratorio propio del curricán, posee un último tramo de unos 12 mt con una doble línea que soporta la presión del pez en los momentos finales de la captura. El pez cuando se ve cerca del barco es cuando más pelea, y mediante este doble sedal se consigue que la puntera de la caña amortigüe esos tirones, con lo que se reduce el riesgo de pérdida.

La línea también debe tener una resistencia máxima de 130 lb, aproximadamente unos 60 kg en peso. En realidad es más complejo. Cuando el carrete está lleno, la línea posee una resistencia; cuando está vacío, posee otra diferente. Así que el pescador debe emplear un dinamómetro para calibrar las cañas al inicio de cada temporada y efectuar el cálculo de la resistencia de la línea con el carrete vacío. En el terreno de los carretes, la evolución más importante ha sido el paso del freno de estrella –que no se podía calibrar, como el que montaban los antiguos Penn Senator– al freno de palanca, que se regula hasta el strike, punto máximo de resistencia del hilo. Otras mejoras del equipo de pesca de altura son el empleo del carbono para montar las cañas, como en el resto de modalidades de pesca, y la calidad de los sedales, ya sean monofilamentos o trenzados (con fibras espectra), que permiten, por una parte, albergar más metros en el carrete, y, por otra, sumergir un poco más los señuelos al tener menos rozamiento con el agua. Para la gran cacea, las muestras más usadas son peces artificiales de unos 22 cms con un efecto profundizador –a 7 nudos debe trabajar a una profundidad de 5 a 7 mt– y dos anzuelos dobles. Son señuelos selectivos, ignorados por peces menores, que se pasean a una distancia de entre 30 y 130 mt de la popa. El uso del crankbait es el único elemento diferenciador entre el curricán de altura y el brumeo. Para este último, sólo permitido en el Mediterráneo por ser una técnica tradicional, se monta un anzuelo con cebo vivo –lacha, caballa– o natural. Respecto al método de navegación, en el Estrecho se suelen trazar líneas rectas de costa a costa, batiendo el embudo en su punto central. Y siempre oteando el horizonte en busca de señales: vuelos de aves marinas cayendo al agua en picado, remolinos… Con suerte, los propios peces saltando.

© Quico Pérez-Ventana

COMENTARIOS

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    Magnífico y completisimo artículo, con una descripción detallada y fiel de esta espectacular modalidad de pesca y el mundo que la rodea.
    Afortunadamente el atún rojo se está recuperando como especie tras las fuertes medidas impuestas por la UE durante los últimos años. Esperamos que este hecho redunde positivamente sobre la cuota asignada a los deportivos en próximas temporadas.
    Una vez más, enhorabuena.

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    jose 3 años

    Muy bueno el articulo, pero no me queda claro que la melva la llamen en
    Andalucía lubina o robalo.

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