Pesca de altura en el área suratlántica de Andalucía

Pesca de altura en el área suratlántica de Andalucía

El gran atún rojo transita cada año por las aguas suratlánticas en su viaje al noreste de África. El pescador de altura acude a su encuentro en la línea recta que separa Punta Cires –frente a la célebre Isla del Perejil– de la Punta de Tarifa. Este es el destino final de las embarcaciones que parten de Barbate, Algeciras, Sotogrande, Benalmádena o cualquier otro puerto cercano, pese a que el área de separación de tráfico está vedada para la pesca deportiva. Esta normativa se cumple a rajatabla en jornadas de competición. El primer paso para ir a buscar el thunnus thynnus es conocer los boletines meteorológicos, además de mantener operativo en la emisora el canal 16 (emergencia). El mejor viento es el poniente fuerza 3 o 4. Si sopla fuerte el levante, la pesca es imposible. También hay que evitar las frecuentes brumas veraniegas. La vaciante produce un hilero a la altura de Tarifa que es capaz de levantar olas de 2 mts en medio de un mar en calma. La marea llenante origina un fenómeno similar entre Punta Leona y Punta Carnero. Son áreas peligrosas pero tradicionalmente fructíferas para pasear los señuelos, que para esta tarea se sitúan a distancias de entre 70 y 150 mts del barco. No hay ciencia exacta en la pesca del túnido gigante, pero si el pez está enfilando el Mediterráneo se aprovecha la creciente, y si sale buscando el océano se acrecienta la actividad en la vaciante. Otro aspecto a tener en cuenta es la posibilidad de clavar la pieza en las últimas horas de luz.

Si el animal muerde el pez artificial avanzada la tarde, la acción de cortar el sedal para evitar una situación de peligro –debido al tráfico marítimo sin visibilidad o a un empeoramiento climatológico– puede producir una sensación de desesperación de la que tardaremos en recuperarnos.

En el mar se sabe qué se puede pescar, pero nunca a ciencia cierta lo que va a entrar. Por ello, son muchas las jornadas de curricán en las que se persigue el marlín, el bonito o la melva y que culminan con una feroz batalla con los listados. En el área europea se les considera unos visitantes de verano: aparecen en junio y dejan de verse en octubre. Se localizan en toda la península ibérica a distancias de 2 a 30 millas de la costa. En Andalucía, donde se les conoce popularmente como alistaos, son más abundantes en el área atlántica. El barco mantiene una velocidad constante de unos 7 nudos y las muestras elegidas son pulpitos de silicona guarnecidas con excitadores. El primer señuelo se localiza a unos 8 mts de la popa; los demás están más atrás, a una distancia de entre 12 y 14 mts. Las líneas están lastradas con plomos de 100-150 grs que, añadidos al peso de los aviones, sumergen las muestras a apenas un par de cuartas de la superficie, justo a la que suelen buscar el alimento los veloces pelágicos de alta mar. Las picadas se suelen producir de forma simultánea: el barco atraviesa un banco y varias carracas zumban al mismo tiempo.

En el Estrecho, con estas mismas artes es normal la captura de pequeños atunes rojos, pero, obviamente, el pescador no navega hacia el canal para buscar el listado, que arroja un peso de 1 a 4 kgs, sino para enfrentarse al gran cimarrón. El big game en su máxima expresión.

El marlín se persigue en el Golfo de Cádiz –desde el Cabo de Trafalgar hacia poniente– en las llamadas aguas azules, profundidades de entre 60 y 120 mts, esto es, a más de 10 ó 15 millas de la costa, y en los meses en los que la temperatura del agua no baja de 21 grados. El que deja ver en mayor grado su majestuosa estampa en el litoral andaluz, con especial virulencia tras el cambio de milenio, es el marlín blanco, y cuanto más hacia Portugal, mejor. Para tentarlo, la embarcación curricanera se dedica a dar vueltas por las zonas de paso de la especie, siempre con una constante vigilancia desde el puente de mando a las señales en la superficie del agua que puedan delatar su presencia: pequeños pelágicos dando saltos, quizá asustados por un gran predador. Lo más común es arrastrar seis líneas por popa. A babor y estribor –preferiblemente con tangones, si se dispone de ellos, que aumentan la manga y separan los sedales–, dos cañas de curricán con los clásicos carretes de tambor giratorio colocan a unos 18 mts de la embarcación y muy cerca de la superficie sendas muestras para el picudo: pulpos fluorescentes de vinilo provistos de flecos y de un solo anzuelo. Otras dos líneas instalan a menor distancia del barco agitadores con forma de avión –los llaman pajaritos o saltarines– que chapotean y saltan del agua simulando la huida de bancos de boquerones. Al marlín se le ve venir. Entra por popa, quizá alertado por el movimiento de esos agitadores, y se encuentra con unas muestras que, normalmente, golpea con la espada y ataca con dudas, clavándose el anzuelo en contadas ocasiones. A partir de ahí, espectaculares cabriolas y un combate altamente deportivo. Las dos últimas líneas tiran de otros señuelos que persiguen el barco desde la misma espuma que levantan las hélices, el lugar ideal para la captura de listados, melvas y bonitos.

Los marlines que se suelen clavar en el área suratlántica rondan un peso de 20 a 60 kgs, y la mayoría de los pescadores los devuelven al agua tras la obligada foto de recuerdo. Los de 100 kgs son muy escasos.

Los escualos, por su parte, también son valorados por los aficionados a la pesca de altura, que normalmente dedican dos o tres jornadas anuales a esta modalidad. Los que están al alcance del pescador andaluz –en ambos mares– son el tiburón azul o caella, el marrajo, el pez zorro, el cazón y el pez martillo o cornúa. Como el marlín, se pescan también en aguas azules, más allá de la plataforma continental. El método para tentarlos es sencillo: se les atrae enguando las aguas con sardinas y otros peces menores machacados o pasados por una trituradora de carne. El pez detecta el rastro oloroso y tiene sensación de comida pero, en su tremenda excitación, no encuentra a qué hincarle el diente. Es el momento de lanzar los aparejos en superficie –sin plomar– con una caballa o calamar vivo ensartado en un anzuelo de bajo acerado y dejando ir la embarcación al garete. También se tiran líneas a la deriva sujetas a una boya o globo con un hilo fino con el fin de colocar cebos a diferentes profundidades. A curricán puede entrar alguno, normalmente un marrajo, pero de rebote. Por lo demás, los tiburones andaluces no muestran un peso como los que vemos en los documentales de La 2. Marrajos y zorros suelen dar en la báscula entre 20 y 40 kgs, rara vez por encima de los 80. Las más abundantes son las caellas, que casualmente son las menos apreciadas en términos gastronómicos. Los más valorados por los pescadores son los marrajos, que ofrecen mayor resistencia.

¿Es pesca de altura? Sí, desde el punto y hora en que el pescador se ve obligado a ganar agua, buscando en toda la costa sur la línea de mayor profundidad. Y es una pesca altamente deportiva, porque la batalla es colosal y el embarque, ciertamente peligroso. El pez le pega dentelladas a todo lo que ve. Recuerden aquella imagen de La tormenta perfecta.

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