La pesca moderna de ciprínidos – Coup en Andalucía

Pescando al coup en el tramo hispalense del Guadalquivir. Foto: perezventana

Si los aficionados que pescaban en los pantanos en los años 50 y 60 levantaran la cabeza se quedarían asombrados. Este es el pensamiento común entre los pescadores andaluces que practican la moderna técnica de ciprínidos. Y es que la que ahora se practica masivamente en aguas dulces de Andalucía, como ocurre en el resto del país, es una pesca fina, extremadamente cualificada, concienciada con el medio ambiente y conservacionista; el captura y suelta es norma común. La pesca de ciprínidos al coup, con su variantes de pesca a la inglesa y boloñesa, es el modelo de pesca deportiva fluvial más practicado en Andalucía. Ya hemos visto la riqueza piscícola y la benignidad del clima que caracterizan a esta región, aspectos ambos que repercuten muy positivamente a la hora de lanzar los aparejos a ríos y pantanos. Repasemos aquí los aspectos básicos de esta modalidad de pesca.

La pesca de ciprínidos ha experimentado una evolución enorme en las tres últimas décadas. Antes se utilizaban hilos gruesos, un material más basto. Ahora se pesca con sedales sumamente frágiles, siempre al borde de la rotura, líneas perfectamente equilibradas y cañas de un material más ligero y resistente.

¿Es mayor el disfrute? Desde luego que no, pero sí se ha incrementado notablemente la deportividad. Además, los pescadores evidencian más respeto por el medio ambiente. Ya han visto demasiada contaminación y están concienciados. Aseguran que les produce una gran satisfacción tratar a un pez con respeto y no quitarle la vida. Porque la pesca moderna de ciprínidos es una pesca sin muerte. El progreso de la pesca deportiva de agua dulce ha traído consigo un incremento del esfuerzo económico que debe realizarse para practicarla con ciertas garantías. ¿Una afición cara? Es difícil calibrar hasta qué punto lo es. Todo depende del límite que se marca cada deportista. La pesca recreativa parte de una sencilla caña telescópica que puede costar en torno a los 60 euros. Pero el equipo del pescador de ciprínidos se compone de otros muchos elementos que incrementan el coste final. Además de las cañas –de diferentes longitudes y técnicas, según el escenario–, es necesaria la adquisición de carretes, sedales, anzuelos, flotadores, plomos, un rejón para mantener vivas las capturas hasta su suelta, bandejas de cebos, un sofisticado asiento –cuya denominación ha sido introducida del francés, panier– con cajones para ordenar los accesorios, trípodes para kits de repuesto, soportes de cañas, rodillos, fundas y un largo etcétera de complementos.

Elemento básico de la pesca moderna de ciprínidos es la consolidación de las cañas desnudas, sin anillas ni carretes. Es el primer paso para iniciarse en esta pesca, aunque lo ideal es disponer de diferentes cañas para los cuatro sistemas más populares: fija, enchufable, inglesa y boloñesa. La experiencia dicta al pescador la decisión de emplear una u otra. Así, por ejemplo, la caña inglesa aporta versatilidad. Llegas a un escenario y desconoces la profundidad o la distancia a la que come el pescado. En este caso, la pesca a la inglesa es ideal, pues es válida para diferentes ambientes, aunque no es recomendable en cursos de fuerte corriente. Por otra parte, en los embalses ocurre frecuentemente que tenemos localizados los peces a corta distancia de la orilla, entre 9 y 14 metros, por ejemplo, y con una profundidad moderada. Si el pescado está comiendo bien puede utilizarse la caña fija. Si la dificultad es mayor por algún motivo, emplearemos la enchufable, que aumenta las garantías de que el pez se prenda al anzuelo. Por último, la caña boloñesa es ideal para escenarios con corriente moderada a fuerte –riveras, por ejemplo– en los que es conveniente batir una amplia zona de pesca. En esas condiciones hay que colocar y mover el cebo lejos del alcance de la enchufable.

A pesar de todo, cualquiera de los cuatro métodos se puede utilizar en uno u otro ambiente con más o menos éxito. Es raro que el pescador experto o veterano se limite a un solo sistema.

En estas breves impresiones sobre la moderna pesca de ciprínidos no podemos obviar otros tres aspectos básicos que caracterizan esta práctica deportiva. Hablamos, en primer lugar, del material del que se componen las cañas: el carbono. Este es otro de los elementos que ha venido a revolucionar la pesca en agua dulce, además de a incrementar su coste. El carbono aumenta la ligereza, resistencia y rectitud de las cañas. En su contra, la alta conductividad, que desaconseja su uso ante la amenaza de tormenta o la proximidad de cables de tendido eléctrico. Por otra parte, el asticot ha sustituido a la masilla como cebo universal en todas las situaciones y sistemas, tanto para el cebado como para la pesca en sí. Los asticots pasan por ser los pequeños gusanos de las moscas de la carne, pero en realidad son unas viscosas larvas que se fabrican en cantidades industriales en factorías francesas y que proceden de unas moscas creadas mediante cruces genéticos en el laboratorio con la intención de asegurar un largo periodo larvario. Variaciones de ellos son los pinkees y los revoltosos ver de vases. Por último, el cebado previo de las aguas con harinas vegetales aromatizadas resulta fundamental para todas las modalidades de coup, pues se trata de una pesca estática, es decir, se concentra al pescado en un punto y el pescador permanece inmóvil toda la jornada. Recuerden que la normativa andaluza permite la acción de cebado sólo durante la competición.

Cañas fijas

Adentrémonos en la pesca al coup, caracterizada por el empleo de cañas sin carrete. La primera técnica reseñada es la caña fija. Se trata del sistema más sencillo: una caña y un sedal, ambos de la misma longitud, y sin carretes ni anillas que compliquen el conjunto. Es como una prolongación del brazo. La primera caña que debió usar el hombre para pescar. La esencia de la pesca. Transmite la máxima sensación de lucha con el pez. La caña más divertida y deportiva, especialmente fuera del terreno de la competición. En Andalucía se empezaron a ver cañas fijas en las orillas de los embalses en los últimos 70 y primeros 80, una fecha tardía que pudo deberse, probablemente, a la querencia del aficionado a usar el carrete para darle juego a la pieza de gran tamaño. La propia evolución de los sistemas de pesca llevó a elevar un escalón el nivel de dificultad y a buscar, por ejemplo, especies menores de alto interés deportivo, como la boga o la pardilla. Para ellos se concibió la caña fija, también llamada pardillera. Las primeras eran cañas de fibra de vidrio fabricadas en Corea, artilugios muy resistentes pero tremendamente pesados y de un diámetro excesivo. Pero cumplían su función. Se usaban, como ahora, en los embalses, donde se puede encontrar cierta profundidad cerca de la orilla y la ausencia de corriente ofrece un margen de comodidad para su empleo. La caña fija puede utilizarse con hilo directo a la puntera o con un elástico interior que amortigua el tirón del pez. El primer método se suele utilizar para tentar al albur, que precisa un cachete fuerte para la acción de clavada. También se usan cañas desnudas sin elástico en escenarios con gran cantidad de pesca. En esos casos, la goma puede significar una pérdida de tiempo mientras se cobra la pieza. El elemento elástico, por el contrario, es imprescindible cuando hay poca pesca y el pescador debe asegurar, o para evitar que los frágiles sedales sufran una rotura en caso de cobrar una pieza mayor.

Los iniciados en la pesca de agua dulce suelen contar en su equipo con varias cañas fijas de diferentes longitudes. Dependiendo de la distancia a la que come el pescado o de la presencia de vegetación que pueda causar enganches se usa una u otra.

La longitud de las cañas oscila entre los 2, 3 y 4 mts para la pesca de minitallas hasta las de 9, 10 y 11 mts habituales de los ciprínidos. Todas ellas se diferencian básicamente de las demás en que son más rápidas cuando la pesca es abundante. Con las cañas inglesa y boloñesa debes trabajar la captura con el carrete. La enchufable es más lenta, porque tienes que desplazarla hacia atrás y desmontar el último tramo para introducir el pez en la sacadera. La caña fija plantea una acción natural. El pescador de competición sólo la abre de antemano en el escenario donde sabe que se van a producir muchas picadas. Respecto al aparejo, lo recomendable es usar un grosor superior en la línea madre –que alberga el flotador y la plomada– que en el bajo de línea. Del correcto contrapesado de todo el montaje dependerá la perfecta visualización de la picada del pez.

Cañas enchufables

La utilización de la caña enchufable o roubaisienne –llamada así en honor de la ciudad belga Roubaix, donde fue concebida hace unas décadas– es imprescindible para todo pescador que accede al apasionante mundo de la competición. Llegado el momento, esta otra caña sin carrete es la que ofrece una mayor precisión. La caña se compone de un cierto número de tramos, dependiendo de la longitud final, que se enchufan unos a otros por presión con un punto de giro para un perfecto acople. Los últimos tramos reciben el nombre de kit y suelen ser telescópicos; esta es la parte de la caña que se emplea para cobrar la pieza en los momentos finales. El kit alberga en su interior el elemento elástico, una goma cilíndrica de 2 ó 3 mm de grosor que absorbe el tirón del pez, permitiendo que la presión no caiga de forma directa sobre el finísimo sedal, sino sobre el anzuelo. De esta forma, se evita que el arponcillo se desprenda con facilidad de la boca del animal. Esta es una de las principales ventajas de la enchufable: con ella podemos pescar con aparejos extremadamente frágiles, que pasarán inadvertidos a los ojos del pez, pero que exigen una extraordinaria destreza por parte del pescador.

Lo más sorprendente de la caña enchufable es su longitud. Excepcionalmente puede medir hasta 17,5 mts, aunque la medida normal oscila entre 11 y 14 mts.

Por encima de esta extensión, la caña hace demasiada palanca y no es aconsejable su utilización. El único medio de conseguir que semejante instrumento sea manejado cómodamente por un pescador es utilizar como material de montaje el carbono, muy ligero y resistente, amén de sujetarse de forma correcta: la caña debe reposar sobre las rodillas y apoyarse bajo el antebrazo. Respecto a la caña fija varía el manejo de la misma y el propio montaje del aparejo, que podría realizarse de esta forma: línea principal de 0,12 a 0,14 mm de grosor y bajo de línea dos números por debajo, flotador ovalado de 1 gm y plomeado de perdigones distribuidos de mayor a menor –los más grandes, más cerca del flotador–, dejando siempre una separación mínima del último perdigón al anzuelo de unos 30 cms. ¿Y cómo saber el momento en que debemos desechar la caña fija y optar por una enchufable? La sustitución se produce cuando tenemos localizado al pez a una distancia determinada y con la fija estamos fallando picadas. Si los peces, por ejemplo, están comiendo a 12 mts de la orilla, empleamos una ‘desmontable’con esa misma longitud con el fin de colocar el cebo siempre en el mismo lugar, preferiblemente rozando el fondo. Después, medimos al milímetro la profundidad con el plomo sonda enganchado en el anzuelo y montamos un aparejo  dejando medio metro desde la punta de la caña al flotador. De este modo, el aparejo está totalmente vertical y la clavada es casi infalible. La enchufable nos permite colocar el gusano en el sitio justo donde los peces lo esperan y mantenerlo allí hasta que se produzca la picada. No obstante, si notamos que los peces están comiendo más cerca de la orilla por efecto del engodo, podemos proceder a suprimir las primeras secciones de la caña, acortando la longitud final de la misma. Esto no afecta al aparejo, pues la longitud del sedal es inferior al de la caña.

Parece fácil, de hecho sólo es cuestión de práctica, pero el empleo de esta técnica admite tantas variaciones que sólo la experiencia permite dar con la fórmula ideal.

A la inglesa

Las otras dos modalidades que integran la pesca moderna de ciprínidos incorporan el carrete. La primera a la que nos referiremos es la pesca a la inglesa, de la que, en principio, llama la atención su enorme versatilidad y el hecho de que los sedales sean sumergibles. Esta circunstancia permite sortear las inclemencias meteorológicas en jornadas en las que otras cañas se antojan inútiles, amén de ofrecer la posibilidad de pescar en zonas más alejadas de la orilla. Así concibieron este método los pescadores ingleses en los años 60 y 70, hartos de que los fuertes vientos que azotaban sus orillas fluviales perjudicaran sus jornadas de pesca. Con el tiempo, el que ellos bautizaron como english style fishing ya forma parte del equipo de todo buen pescador de agua dulce, que no duda en emplear una caña a la inglesa para poner el cebo a distancias de 30 ó 40 mts con sus característicos flotadores corredizos, o para vencer el incómodo viento gracias a un sedal que posee un alto peso específico, circunstancia que determina su grado de hundimiento. El equipo básico de pesca a la inglesa se compone de una caña de carbono, normalmente de tres tramos, con una longitud de entre 3,9 y 4,5 mts y un mínimo de 13 anillas de pequeño diámetro. La abundancia de anillas tan pegadas unas a otras se justifica por la formación de un túnel que facilita la expulsión del hilo durante el lanzado. Además, evitan que el sedal se adhiera al instrumento. Las cañas pueden ser de acción blanda o media. Las primeras, con puntera de pelo de ballena, permiten pescar con aparejos más finos, es decir, sedales de 0,8 ó 0,10 mm y flotadores de 4 ó 5 grs. Se deben emplear, por tanto, en situaciones de dificultad. Las de acción media o dura requieren aparejos más pesados –hilos mayores y flotadores en torno a los 8 ó 10 grs– que puedan ser lanzados a mayor distancia. La elección entre una u otra se basa en la zona donde estén localizados los peces. En la competición, por ejemplo, lo importante es capturar el mayor número de piezas y para ello se suele emplear la caña de acción dura para ganar en rapidez.

Bandeja de asticots y maíz en una plataforma de pesca al coup. Foto: perezventana

Los flotadores, por su parte, pueden ser contrapesados –poseen un plomo regulable en su base– y no contrapesados. En el caso de emplear estos últimos, hay que plomear la línea. Asimismo, las boyas para pescar a la inglesa pueden ser fijas o corredizas –que se deslizan hasta el tope que fijamos en la línea mediante un nudo–, y rectas o con cuerpo –waggler–, que resisten mejor las corrientes y los vientos. Los carretes, por último, deben ser de bobina cónica. Como se ha dicho, los hilos son fondantes. Para conseguir que se hundan se puede introducir la puntera de la caña tras el lance y tensar posteriormente el sedal, que debe estar siempre libre de grasas. En la pesca a la inglesa, insistimos, lo importante es mantener en armonía los materiales, es decir, aparejos finos en cañas de acción blanda y más gruesos en los de acción media o dura, así como medir con precisión la profundidad. Se trata de un sistema tan universal y efectivo que su uso se ha extendido al agua salada; también la andaluza, donde plomos corridos, nudos y perlitas hacen estragos entre sargos y mojarras, incluso con el asticot como cebo. Lo mismo ocurre con otro sistema concebido originalmente para el agua dulce, el legering o pesca a fondo con cebador.

Boloñesas

La última de las grandes modalidades de pesca fluvial de ciprínidos es la boloñesa, que no es otra cosa que la evolución lógica de la caña telescópica de anillas y carrete de bobina fija que los aficionados andaluces han utilizado toda la vida para pescar en agua dulce. El término ‘boloñesa’ responde al origen italiano de esta redefinición y a la costumbre de bautizar términos de pesca con expresiones o gentilicios foráneos. La novedad consiste, básicamente, en la introducción de materiales más resistentes –carbono– y el montaje de aparejos más técnicos y sofisticados. El tradicional plomo de rabillo de cochino –un hilo de plomo enroscado alrededor de una puntilla– ha dado paso al plomeado de perdigones, que se colocan en la línea de mayor a menor a medida que nos acercamos al anzuelo. Con ello se consigue que el cebo caiga al fondo de forma natural, presentándose a los ojos del pez sin alertarle. La boya, por su parte, se elige en función de la corriente, variando su peso, dejándola fija o corrida (si la profundidad supera la longitud de la caña), y siempre mostrando únicamente sobre la superficie del agua la antena de la veleta. La boloñesa se utiliza en zonas de mediana o gran corriente, y es muy efectiva para pescar a la pasada o reteniendo el cebo. Con ella se domina un amplio abanico de posibilidades y se abarcan diferentes distancias y ángulos. ¿Dónde emplearla? Por ejemplo, en ríos y canales, o en pequeñas riveras de aguas en movimiento.

Son escenarios que dificultan el empleo de la enchufable por la existencia de corriente o fondos irregulares, y es en esos momentos cuando la boloñesa cumple su objetivo.

En embalses, por lo tanto, no está muy extendida esta técnica. Sí lo está cuando pescamos a la pasada. El aparejo se monta de manera que el anzuelo no toque el fondo, con el grueso del plomeado a una distancia de, por ejemplo, 1 mt, y un quitavueltas a unos 40 cms del cebo. Se deja correr con la corriente y, de esta manera, se bate una zona más amplia; una poza de una rivera, por ejemplo. En cambio, al pescar a la parada o a fondo, el anzuelo sí toca el fondo, empleándose un plomeado progresivo en la línea madre y dejando el bajo de línea, de unos 50 ó 60 cms, libre de plomos. Los aparejos son muy similares a los que se usan en la pesca a la inglesa. La caña boloñesa suele poseer una longitud de entre 5 y 13 metros. Lo ideal es utilizar una de 7 u 8 mts, pues habrá de mantenerse a pulso durante toda la jornada. Es telescópica y con 8 ó 9 anillas. En la competición se usa poco, quizá la que menos de las cuatro reseñadas. Pero en zonas de corriente, como ha quedado expuesto, es la más eficaz.

Ver AQUÍ el vídeo de pesca de ciprínidos emitido por el programa de Canal Sur TV Al aire libre.

© Quico Pérez-Ventana

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