Sobre la pesca sin muerte

Sobre la pesca sin muerte

No hay muerte ni principios

sólo hay un mar donde estuvimos y estaremos

un mar de peces que son como nosotros

que vuelan cuando nacen

que se hunden cuando mueren.

…No hay muerte ni principios,

sólo hay un árbol grande

que sacude sus hojas

para nutrirse de ellas

cuando caigan al suelo.

(‘No hay muerte’, Gustavo Adolfo Bécquer)

 

La captura de peces para su consumo es una práctica tan antigua como el hombre. Pero lo que hace el pescador deportivo de hoy en día cuando visita un río, embalse o, incluso, una playa no tiene nada que ver con lo que hacían sus antepasados. La pesca sin muerte es otro concepto, otra historia. En Andalucía, como en el resto del planeta, fueron los entusiastas de la pesca de salmónidos a mosca los que enarbolaron la bandera del conservacionismo. Ante la ausencia de gestión en diferentes cursos fluviales donde la trucha común autóctona se veía en serio peligro de desaparición, este colectivo solicitó la creación de tramos en los que el ‘captura y suelta’ fuera práctica obligatoria. Era una medida desesperada, y así lo aceptó la Administración andaluza, que, finalmente, fue más lejos y otorgó en 2005 la coletilla ‘sin muerte’ a todos los cotos y aguas libres en los que habita la preciosa fario, donde, además, se prohíbe el uso de anzuelo con gancho o arpón para causar el mínimo daño al pez. Una medida pionera en el conjunto de la nación española.

Entrados los 90 recogieron el testigo los pescadores de ciprínidos y black basses, y no sólo los poseedores de licencia federativa –en ambas modalidades el reglamento de competición estipula la devolución al agua de las capturas–, sino los aficionados de a pie, que cada vez se muestran más comprometidos con esta fiebre ecologista. Porque la pesca sin muerte es, ante todo, una actitud de respeto al medio ambiente. Una forma noble de minimizar las secuelas letales de esta actividad deportiva. Una iniciativa basada en criterios de gestión sostenible necesarios, en muchos casos, para la supervivencia de las especies piscícolas y recomendable, en otros, para la práctica de un deporte que puede transmitirnos emociones aún más intensas si no robamos la vida a los animales con los que nos batimos.

Prueben, verán qué gozada.

Muchas y variadas son las reflexiones que podemos concebir los aficionados que practicamos la pesca sin muerte para transmitir esas ideas al resto de pescadores con caña. ¿Cuál es el sentido de matar al pez que pescamos?, ¿acaso es elemento intrínseco de la propia acción de pesca? Rotundamente no. El sentido de la pesca recreativa consiste en engañar al pez, presentar el cebo ante sus ojos de forma natural, poner a prueba su voracidad y capacidad de lucha, superarnos cada día en nuestras técnicas y conocimientos… Cierto, muchos de los pescadores veteranos que nos iniciaron en este arte jamás devolvieron un pez al agua. En su época, la pesca era abundante. El ecologismo aún era una quimera. Ahora sí es necesario inculcar una nueva mentalidad en las nuevas generaciones. No es una norma ética de estricto cumplimiento; sólo una conducta sana y noble, una ley que apela a la sensibilidad personal. Una forma de lavar nuestra conciencia predadora, por qué no. También de disipar el sambenito que un sector de la sociedad endosa a la inmensa familia de pescadores: sujetos de baja catadura moral o ecológica. Porque, claro, aún pervive una raza de depredadores deportivos, quizá herederos de los instintos básicos de nuestros antepasados más primitivos, que se empeña en ensuciar la ribera y en llenar el vivero para poder presumir ante familiares y amigos de sus habilidades. Para estos casos, lo mejor es una cámara de fotos en el macuto. Y tragarse el ansia de competitividad y egolatría. Y aprender que el único adversario es uno mismo. Mientras tanto, otros pescadores modernos y concienciados, cada vez más, recogerán su lata vacía de carnadas y aquella otra que se encontraron abandonada al llegar. Y competirán por liberar más peces, no por reunir la mayor cantidad de cadáveres. Señores, la pesca deportiva no es un medio para alimentarnos, un sustento. Compréndanlo. Sigamos devolviéndole al río sus peces porque en lo que queda de milenio queremos seguir pescando. Que ya lo cantaban Chanquete y la pintora en la andalucísima Nerja.

El pez se disfruta pescándolo y soltándolo. Digámoslo de forma moderna: al captura y suelta se le coge el punto.

El pescador se integra más en la naturaleza, se siente más a gusto consigo mismo. Aprende a respetar el medio que le ha permitido elevar unos grados su nivel de felicidad vital. Como dijo alguien, si el esquiador donde necesita la nieve es en la montaña, el pescador donde necesita los peces es en el agua. Desde luego, lo que tampoco precisa el pescador marítimo de caña es un puñado de grandes capturas, y mucho menos fotografiarse con todas ellas en plan fanfarrón. ¿Se han parado a pensar cuánto tiempo llevan sin ver en la portada de una revista especializada a un sonriente pescador con diez o quince grandes presas a sus pies? Por la captura de tres marlines y posterior fotografía del señor bajo un poste horizontal, caña en mano y peces muertos colgando por la cola, se expulsa a un veterano maestro del big game fishing de más de una ilustre sociedad de pesca. Un gran atún es suficiente. O un pargo. Ir a por la cuarta pieza es abusar, alardear o, lo que es peor, querer sacarle tajada comercial a la faena. Moderación, esa es la cuestión. En definitiva, el deporte de la pesca camina sin remisión hacia posiciones proteccionistas y conservacionistas, ya sean respecto al río de alta montaña o al gran océano, y sobre todo para con sus desprotegidos habitantes.

La pesca no es un triunfo que exhibir ante el mundo. El hombre causa un dolor y cura la herida. Un sentimiento entrañable hacia el pez y su entorno. Porque el viaje de ida hacia la nueva pesca es irreversible.

Sobre el ‘captura y suelta’

Felizmente castellanizada  –ya podríamos seguir el ejemplo con la abundante terminología anglófona en estos menesteres–, la expresión ‘captura y suelta’ es la traducción de las palabras inglesas ‘catch & release’, que podrían definirse literalmente como ‘pesca con devolución’ y, de forma más genérica, ‘pesca deportiva’. Es decir, la pesca concebida como una actividad en la que no hay más intereses que la simple recreación y el deporte. Qué bonito, ¿no creen? Recordemos el título de aquel libro de Izaak Walton en 1653: El perfecto pescador de cañaEl recreo del hombre contemplativo. A nivel mundial, la citada expresión cuenta hasta con un logotipo que adorna determinados escenarios: una doble flecha que simboliza la captura y la posterior liberación. También existe otro término, ‘no kill’ (sin muerte), que es igual pero no es lo mismo. Mientras el captura y suelta es una práctica directamente relacionada con la conciencia personal de cada cual, el término ‘sin muerte’ lleva implícita su condición de regla de obligado cumplimiento en un determinado escenario.

¿Dónde debemos desarrollar el captura y suelta? Desde los más profundo de nuestro fuero interno, donde la conciencia nos dicte.

También, en escenarios fluviales que alberguen poblaciones autóctonas seriamente amenazadas o en los que la actividad pesquera genere una fuente de ingresos por el turismo verde; si le quitamos los peces grandes a un tramo de río dejará de tener interés para los aficionados. La pesca con devolución es, asimismo, más que recomendable en masas fluviales que muestran una extraordinaria y vigorosa población de ejemplares de una determinada especie: el embalse cordobés de San Rafael de Navallana y el embalse jiennense de El Encinarejo, paraísos del blacbás y el carpón, respectivamente. Y, por supuesto, allí donde la legislación vigente lo ordena: cotos andaluces de trucha común, por ejemplo. ¿En el mar también? A fecha de hoy, es prácticamente nulo el porcentaje de pescadores recreativos marítimos que devuelve las capturas al agua. Tan sólo se ven escenas más o menos comprometidas cuando las presas son, por ejemplo, lisas –en la costa– o agujas imperiales y caellas –en alta mar–, todas ellas sin interés gastronómico. Quizá algún día perdonarle la vida a una lubina de 4 kgs sea una imagen habitual. De hecho, para especies en recesión como la herrera o la corvina, el deportivo podría liberarse de su milmillonésima parte de culpa y liberar alguna pieza al agua, y que el profesional de las artes de arrastre y rastro siga asumiendo el resto. Por otra parte, algún buceador ya ha cambiado el fusil por la cámara: la pesca submarina se torna caza fotográfica. Alguno de los pocos meros gigantes que aún quedan en nuestros mares se habrá librado de un buen disgusto.

¿Cómo realizar el captura y suelta? La tarea tiene su miga. Porque no todo es desanzuelar un pez y echarlo al agua, los expertos han realizado estudios de campo para comprobar el método idóneo que garantiza la recuperación del animal una vez reintegrado a su medio natural.

Los factores a tener en cuenta dependen, básicamente, de la técnica con que se ha capturado el pez y de la posterior manipulación. En este sentido, se sabe que si el pescador emplea cebos naturales existen más posibilidades de que el anzuelo se clave en sus zonas críticas. En ese caso, se recomienda cortar el sedal y no tratar de practicar una encarnizada acción de desembuchado, ya que lo más probable es que el animal manifieste una sorprendente capacidad para expulsar el molesto parásito, o simplemente aprende a vivir con él de forma natural. Por su parte, si el señuelo que ha seducido a la presa es artificial –mosca, cucharilla o imitación de pez–, las opciones de que se enganche por los labios y pueda ser liberado con total garantía para su supervivencia son muy altas, más de un 95 por ciento.

Para la operación de desanzuelado –sencillísima en caso de que el anzuelo no disponga de arponcillo– se aconseja, básicamente, humedecerse las manos, abreviar el procedimiento y evitar los estrujamientos.

Finalmente, si el pez está afectado tras el largo periodo fuera de su medio natural, conviene mantenerlo dentro del agua en posición horizontal y moverlo hacia delante y hacia atrás para que se recupere. También habremos de tener en cuenta que los peces clavados por las branquias, los ojos –si vienen robados– y la lengua tienen una perspectiva de muerte cuatro veces superior. En esos casos, como en aquellos otros en los que el animal muestra malformaciones o aspecto de enfermo, quizá el captura y suelta no sea tan buena idea. Por último, es recomendable minimizar en la medida de lo posible el tiempo invertido en la pelea. El pez sufre estrés durante este combate y puede llegar a generar gran cantidad de ácido láctico, sustancia que envenena los músculos y la sangre. Cuanto antes está en el zalabar, mejor se repondrá del susto.

 

Un pensamiento en voz alta

Si aún no se han convencido de las virtudes de la pesca sin muerte, o si ya la asumen como algo propio y desean reafirmarse en sus planteamientos, escudriñen las reflexiones de destacados maestros del sedal que hallaron la palabra precisa para explicar esta metamorfosis en la conciencia del pescador. Comenzaremos entresacando unas líneas de dos de los mejores libros de pesca deportiva que se han escrito en los últimos tiempos, El viejo pescador, de Emilio Fernández Román, y Por la boca muere el pez – Confesiones de un pescador mediocre, de Robert Hughes. El primero, entre una serie de deliciosos relatos sobre el mundo de la pesca, el pescador y los peces, escribe cosas como esta:

“Los días de las cestas rebosantes se han terminado ya. Esto es un hecho irreversible. En el ejercicio de la pesca, lo primero que debe cambiar es la mentalidad del pescador. Éste debe olvidarse de ir al río en busca de una recompensa”.

“Ha de devolver al agua, si no todas, la mayor parte de sus capturas, conservando aquellas con las que desee obsequiarse a sí mismo o a alguno de sus amigos. Y si desea comer pescado, el camino más fácil consiste en ir a buscarlo a la pescadería. (…) La muerte de un pez es, la gran mayoría de las veces, un desenlace innecesario. Comportémonos como deportistas, no como depredadores. Cada pez devuelto al agua le podrá proporcionar a cualquiera que lo vuelva a pescar la grata y simple emoción de una nueva captura”.

Por su parte, el australiano Robert Hughes, crítico de arte de la revista Time, profundiza en su espléndida obra sobre el sentido de la pesca, su condición de actividad contemplativa, pensativa, intensamente visual, de placer refinado: “La alegría de la pesca consiste en capturar, no en matar. Muchas veces también consiste en no capturar nada, en dejarse absorber por la naturaleza. (…) Si a la naturaleza le quitamos el miedo y el estremecimiento, lo que nos queda es Disneylandia. La ‘parte acuática del mundo’, como la llamó Herman Melville, es una zona de miedo y estremecimientos, al igual que es una región de curiosidad infinita, fascinación y deleite. Las aguas nos enseñan que no somos los amos del universo, con todas las demás criaturas como nuestros vasallos y siervos. (…) Formamos parte de una cadena de seres. La pesca con caña, en sus mejores momentos, es un medio para llegar a esta comprensión”. Resulta apasionante conocer el pensamiento de Hughes en Por la boca muere el pez sobre el arte de no pescar:

“El fracaso forma parte de la pesca deportiva, del mismo modo que las lesiones en las rodillas forman parte del fútbol. (…) Uno no pierde cuando no pesca nada; tan sólo se ha tenido un mal día porque los peces no han querido cooperar”.

“¿Cómo justificar ante terceros su comportamiento liberando peces?”, escribe en la red Pablo Negri Edwards, de Santiago de Chile. “En rigor, nada debe justificar ante éstos. Es quien mantiene un predominio del instinto animal sobre el racional quien debe explicar su conducta. Quien quiebra frágiles equilibrios medioambientales. Quien no ha aprendido que el desarrollo tecnológico debe traducirse en respeto por el medio y el entorno. Por los demás que están. Y por quienes vendrán. Utilice estos argumentos en su favor”. Y aún más. “Quienes no practican la pesca deportiva, rara vez comprenden por qué pescamos si al hacerlo liberamos aquellos peces que capturamos. Tristemente, muchos pescadores deportivos comparten dicha miopía. No logran comprender que aquellas truchas vivas, reposando en aguas rápidas moteadas por el sol, emergiendo y brincando sobre lechos de piedras que brillan, y combatiendo delicadas y suaves cañas, entregan a nuestro deporte su entero significado”. (…)

“Le tildarán de idiota. No se amargue. Reducido es el número de personas que disfrutan y entienden un arte como el ballet”.

¿Es un sentimiento de la era digital? Siglos atrás, Sor Juliana Berners, en su Tratado de pesca con caña (1496), se erigía en madre superiora del límite máximo de lo que se puede pescar y de la filosofía de capturar y liberar. El citado Walton dejó claro que el objetivo final no era llenar una bolsa con peces, sino una aproximación a la naturaleza y alcanzar un cierto equilibrio interior. En 1930, Lee Wulff dijo: “Una trucha es un animal demasiado valioso como para ser pescado una sola vez”.

“¿Cuál es el fundamento de nuestra pesca?”, afirma el argentino Gerardo O. Grau en el Boletín Mosquero de la Asociación Argentina de Pesca con Mosca (AAPM). “¿Está dentro de nuestro instinto animal para sobrevivir? ¿Es un deporte sádico? ¿Tenemos nosotros tanta hambre? ¿Qué derecho tenemos a eliminar el recurso para privarnos y privar a otros de disfrutar como lo hemos hecho? Yo lo único que sé es que la pesca deportiva no está en ninguna escala alimenticia para seres humanos, sino que es un acto casi de fe en el cual uno cierra el círculo tratando de devolver a la naturaleza la vida que para la mayoría de nosotros no es necesario tomar. Yo al menos al hacerlo me siento feliz”. El mexicano Héctor Yamasaki reconoce que la pesca es un deporte en el que se juega y se dispone de la vida de otros seres vivos. “Como pescadores y humanos –argumenta Yamasaki–, debemos asumir nuestra responsabilidad presente y futura ante la naturaleza y aceptar cubrir el importe de las facturas que en su momento ella nos presente”.

“Matar o no matar a nuestras presas, de la misma forma que pescar o no todos los peces posibles en una jornada, es un asunto tan personal como nuestra propia conciencia”.

En su editorial, la prestigiosa revista española Trofeo Pesca calificó la época en la que vivimos, en términos de pesca deportiva, como la era del captura y suelta, una fórmula admitida, practicada y elogiada universalmente. “Sería prolijo volver a explicar los fundamentos del captura y suelta, tan sencillos como decir que, si liberamos de nuevo parte de los peces capturados, habrá más, se regenerarán mejor las poblaciones del impacto de la pesca y podremos, en consecuencia, volver a pescar más”.

© Quico Pérez-Ventana

COMENTARIOS

WORDPRESS: 0
  • comment-avatar

    El pescador que aparece en la imagen superior sumergido en las aguas en plena acción de captura y suelta es el granadino Miguel Martín Criado, con quien un servidor, autor de esta web, ha compartido inolvidables jornadas de carpfishing en Andalucía, Extremadura y Castilla la Mancha. Miguel libra una dura batalla con el cáncer. Dice que esa enfermedad le va a acompañar el resto de su vida, pero que lo que esa enfermedad no sabe es que él aún se siente vivo. Y esas ganas de vivir le han llevado a lograr el reto de subir al pico del Veleta en bicicleta sin sillín. Ver vídeo aquí: http://bit.ly/pTMcfR

  • DISQUS: 0