Pesca marítima desde costa en Andalucía – Surfcasting

Pesca marítima desde costa en Andalucía – Surfcasting

Frontera de mares y climas, la más sureña de las comunidades autónomas del estado español es también la que saluda con mayor efusividad a las aguas saladas del bravo océano Atlántico y al encorsetado mar Mediterráneo. Más de 600 kms de playas, 917 kms de longitud de costa, conforman un paisaje variopinto, repleto de fuertes contrastes, ideal para la práctica de la pesca marítima de recreo en todas sus modalidades. En su extremo oriental, los paisajes rocosos y volcánicos del Cabo de Gata almeriense, bañados por aguas transparentes y cristalinas, derivan en perfiles llanos y arenosos a medida que nos acercamos a la Costa del Sol, sorteando los acantilados y recónditas ensenadas del balcón granadino. Hacia Málaga, los guijarros pulidos dejan paso a hermosas y oscuras playas que, tocando el Estrecho, se enfrentan al despiadado levante y adoptan tintes de exuberancia. Cádiz, con sus deslumbrantes playas de arenas doradas, endulzadas en Sanlúcar por el Guadalquivir; y Huelva, fresca y luminosa, virginal en Doñana, hasta morir en el Guadiana fronterizo. Dos mares. Roca y arena.

Pesca desde costa

Es una proporción inversamente proporcional. En los últimos años, crece descomunalmente el número de aficionados –hace escasas fechas había 156.000 licencias de pesca marítima desde tierra en vigor– y decrece el nivel de capturas. Se pesca, sí, pero cada vez menos. Decir lo contrario sería hablar de la pesca recreativa andaluza desde costa con una venda en los ojos. Así lo afirman tanto los integrantes de la alta competición, inquietos observadores de las poblaciones piscícolas de la costa sur, como los aficionados que visitan cada año los mismos escenarios y comprueban cómo ha descendido la actividad bajo el agua. Lo de las ‘pescatas’ fabulosas quedó para el recuerdo. Nos referimos al popular surfcasting, la modalidad de pesca deportiva más común en esta comunidad.

Igual que ocurre con tantas técnicas de pesca, un anglicismo denomina una modalidad que se ha practicado toda la vida en Andalucía y el resto del país con un españolísimo nombre, pesca desde costa o playa , ‘mar costa’ en el terreno de la competición. El palabro en cuestión, surfcasting, puede traducirse literalmente como ‘lance a la ola’, que no es tal, puesto que la técnica moderna coloca el aparejo mucho más allá de la rompiente, preferiblemente donde se produce el encuentro de las corrientes entrante y de retorno, o en el depósito de residuos que trae la marea.

Los libros de pesca sitúan el origen de esta modalidad de pesca a finales del siglo XIX en Florida, EE UU, cuando ciertos aficionados llevaron a las playas las técnicas adquiridas desde embarcación tras comprobar que los grandes predadores se acercaban frecuentemente a pocos metros de la misma orilla atraídos por el alimento que les llegaba desde ésta.

Con el tiempo, el método evolucionó y se adaptó a los diversos mares en los que se escenifica, buscando en cada escenario la especie con querencia a rastrear los pequeños organismos que afloran a los fondos marinos por efecto de vientos, corrientes y mareas. Así ha llegado hasta nuestros días el surfcasting: la típica estampa de un pescador ‘playero’ con la mirada centrada en las punteras de dos cañas que permanecen en posición vertical sobre sendos pinchos o soportes.

Habitan el litoral andaluz especies diferentes según miremos a uno y otro lado de la roca gibraltareña, con la excepción, quizá, de la herrera, tradicionalmente generosa en las finas arenas occidentales y confiada en las playas mediterráneas al amparo de la Luna. En el Atlántico, reivindican su fiereza corvinas y anchovas, compartiendo honores predadores con bailas y robalos. Sargos, doradas, mojarras y roncadores ocupan, igualmente, un lugar destacado en las preferencias de pescadores onubenses y gaditanos, que, no obstante, añaden variedad a sus capturas con caballas, jureles y otras mil especies que aportan colorido y deportividad a estas aguas. En la costa oriental, hace acto de presencia el besugo, al alcance, con frecuencia, de las cañas de orilla; sargos –y otras especies menores– en zonas rocosas, robalos y doradas en puntos muy concretos y la citada herrera como especie más codiciada y perseguida, aunque en clara recesión. Fuera del alcance de los bañistas, escolleras y espigones albergan el spinning –colas de silicona para el robalo y la célebre toby para la anchova atlántica– y la pesca con flotador, el corcheo, que finalmente ha recuperado a su principal valedor, el dique Juan Carlos I de Huelva, en el que se han realizado grandes obras de remodelación, amén de los abundantes espigones de todo el litoral.

El otoño es la estación ideal para pescar desde playa en la costa occidental de Andalucía. A partir de octubre, parecen retirarse los bancos de peces de carne azul; los bañistas conceden una tregua a los pescadores, cansados de un verano que en Andalucía echa a andar en abril. La temperatura del agua desciende unos grados y determinadas especies se muestran tremendamente activas antes del frío invernal. Es el momento de tentar al robalo y la baila desde playas y estuarios, que, no obstante, aparecen en diciembre y enero ofreciendo su mayor tamaño. La dorada se deja ver por estos pagos al final de la primavera y en la estación otoñal. En Andalucía oriental, la pesca deportiva desde playa es fundamentalmente nocturna, y son los meses de calor los que proporcionan escenarios infestados de cañas y un mayor nivel de capturas, aunque, en determinados lugares, el invierno puede deparar fuertes emociones al aficionado.

Carbono e hilos ahusados

A la vista de tan generosa costa marítima, no es de extrañar que los aficionados andaluces elijan mayoritariamente la pesca a fondo desde playa como la técnica reina por excelencia. Como hemos visto, si los aparejos adoptan hechuras de sofisticación, la técnica pasa a llamarse surfcasting. Con la llegada del buen tiempo, las zonas arenosas del litoral andaluz son invadidas cada atardecer por un inmenso ejército de cañas, cuyos dueños hacen gala de una notable preparación técnica y una continua puesta al día. La necesidad de aumentar progresivamente la distancia en el lance ha traído consigo la aceptación del carbono como el material más común de estos instrumentos, el empleo de anillas sic –no desgastan el hilo–, el uso de carretes de bobina cónica y recogida rápida y, sobre todo, los hilos puente para ganar metros. Este último sistema incorpora el hilo ahusado tipo cola de rata: el nilón madre es fino, entre 0,14 y 0,20 mm, por ejemplo, y los últimos metros aumenta su grosor, normalmente mediante un terminal de unos 15 mts anudado que avanza de un 0,20 a un 0,52 mm, culminando, pues, en un sedal de gran resistencia que soporta la acción de lance. Las cañas son de tres tramos y de una longitud de 4,20 a 4,50 mts. En los sedales hubo un intento de introducción del multifilamento, pero no ha cuajado; los pescadores siguen fieles al monofilamento, aunque la misma resistencia que ofrecía antes un hilo de 0,30 mm se encuentra ahora en un 0,20 mm. En los aparejos aún se emplea el tradicional bajo de línea por debajo del plomo –redondo o español, también los modernos plomos de casting dotados de varilla y anilla–, con una larga cameta –que por aquí llaman tragaera o brazolá– y un solo anzuelo. Para las especies menores, sí es común el uso de bajos de líneas montados en varios anzuelos. Estos, los anzuelos, suelen ser rectos y con la pana medianamente larga.

También se utilizan los clásicos picos de loro, que muestran la pata más corta y torcida, y que, al poseer una sección cuadrada, ofrecen más resistencia a las deformaciones.

Respecto a la acción de pesca en sí, el factor que requiere un mayor entrenamiento y preparación es el propio lance. Los buenos aficionados efectúan el lanzado partiendo de una posición corporal con un cuarto de giro respecto a la orilla y con la caña en perpendicular a su espalda y a la altura de sus hombros. El plomo descansa en la arena a la izquierda del pescador, formando un ángulo recto con la caña. En la acción de lance, el plomo describe una parábola a ambos lados del deportista, de tal forma que, en el momento en que éste infringe el ‘cachete’ o golpe seco, la caña está ya torcida y la respuesta es mucho mayor, ganando así ‘arco de tiro’. Mientras el terminal vuela a su destino, normalmente más allá de los 100 mts –incluso superior a 150 si técnica y equipo son altamente depurados–, la empuñadura de la caña reposa en el abdomen. Asimismo, durante esos breves instantes, el pescador –diestro– deja inmóvil su pie izquierdo y da un paso hacia delante con el derecho. La acción de lance admite muchas variaciones –según el movimiento que traza el plomo o el propio pescador, recibe el nombre técnico de avobe cast, side cast, ground cast…–, aunque el que hemos descrito es exactamente el sistema que los maestros catalanes de casting –lanzado en seco– han exportado con éxito al resto del país. Los aficionados de esta comunidad han perfeccionado tradicionalmente la técnica de lance por el propio perfil de sus playas, muy planas y de aguas someras, localizándose el pescado a gran distancia. Así nos lo explicó personalmente en la pista de casting de Granollers el maestro Juan Puigví, regalándonos un sabio consejo: “ Puedes lanzar con un bastón en vez de una caña, pero hay que saber cómo hacerlo. El saber no ocupa lugar: es un manual que llevas en el cesto sin que ocupe bulto”. Sabiduría pesquera. Una de las variantes es el lanzado pendular, que normalmente se efectúa con cañas de repartición y carretes de bobina giratoria, instrumentos que admiten mayor acción y, por tanto, un destino más lejano para el cebo. Y es que el día que el pez está a 40 metros de la orilla pescan todos, pero cuando está a 150 metros –como la dorada, que rara vez se acerca más– se antoja inalcanzable para los equipos más tradicionales. Lo importante, en todo caso, es localizar la distancia a la que está comiendo el pescado, que, según los expertos, puede oscilar entre los 50 y 80 mts si el pesquero tiene olas inferiores a un metro y una profundidad menor de 3 mts, y mucho más allá si las olas y profundidades son superiores.

Siempre hay que buscar el lecho marino más allá del primer escaño. No obstante, si tentamos bailas y robalos es suficiente con dejar caer el  aparejo en el mismo rompeolas.

Durante los días del verano no es imprescindible gastar mucho en cebos en la costa andaluza. La presencia de grandes cantidades de peces menores convierte la clásica tira de chipirón en un plato suficiente para rubricar una entretenida pesca de mojarras. En estas condiciones, la gusana, que siempre es un plato más suculento a los ojos del pez, desaparece rápidamente del anzuelo. Si subimos el listón de la exigencia y buscamos el robalo o la anchova, la sardina sazonada y el filete de caballa o lisa son, respectivamente, los cebos más duros y, por tanto, selectivos, como el cangrejo, en caso de que tentemos a la dorada y el sargo. En primavera y otoño, los cebos más empleados en las playas occidentales son, por este orden, gusanas americanas, gusanas de rosca, lombrices de fango autóctonas, gusanas de canuto, galeras –excelentes para el sargo y la herrera– y quisquillas para la boya. Las titas no son utilizadas en exceso, como las gusanas catalanas, que, sin embargo, lideran las preferencias del pescador en Andalucía oriental para engañar a la herrera.

Rockfishing

La orografía de la costa andaluza permite practicar también la pesca marítima desde roca, conocida como rock fishing. Los numerosos acantilados del Estrecho, la Costa del Sol y el Cabo de Gata ofrecen extraordinarios puestos de pesca para buscar espáridos o, en el caso de la costa oriental, tordos, vaquitas, serranos, raspallones y doncellas. Lo ideal es elegir un puesto de pesca en la punta de las rocas, mar adentro, donde efectuar un cebado con bolas de pasta de sardinas y emplear, posteriormente, cañas habituales del surfcasting para la pesca a fondo o al tiento, y cañas largas para pescar a boya. También se ha extendido la pesca a la inglesa en estos pesqueros, igual que en los bloques de granito u hormigón que custodian los espigones.

© Quico Pérez-Ventana

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