El esturión, una reliquia del pasado

Un gran sollo en las instalaciones de Villa Pepita. Foto: Biblioteca Coria del Río

Un breve recordatorio sobre las primeras crónicas de pesca en Andalucía no puede pasar por alto la existencia hasta hace sólo unos 40 años en el río Guadalquivir del gran esturión, una especie que apareció en el planeta hace muchos cientos de millones de años, que convivió con los dinosaurios –de hecho se parece a ellos, con esas cinco hileras de placas–, que soportó los grandes cataclismos naturales y que, en los últimos dos siglos, el hombre ha llevado casi hasta la extinción. Un auténtico fósil viviente que habitó numerosos cursos fluviales ibéricos –Guadalquivir, Guadiana, Ebro, Duero, Miño, Júcar, Turia…– y que en el gran río andaluz pudo estar representado por dos especies diferentes, acipenser sturio y acipenser naccarii, según sostienen los recientes estudios genéticos realizados por expertos de la Universidad de Granada, aunque otros grupos científicos, entre ellos el Museo Nacional de Ciencias Naturales, cuestionan tales resultados. Un extraordinario pez que otorgaba empaque a las fiestas romanas –se anunciaba con trompetas la llegada del caviar a la mesa–, que se enviaba a los reyes españoles y que Cervantes puso en boca de Don Quijote cuando éste hablaba del ‘cavial’.

La especie desapareció de nuestros ecosistemas acuáticos por una combinación de factores, entre ellos la contaminación agrícola e industrial, la construcción de una presa que cortó de raíz su instintivo flujo migratorio y la pesca incontrolada. Este majestuoso pez, conocido popularmente como sollo, fue tentado desde tiempos inmemoriales en nuestras aguas fluviales: hace 3.000 años ya quedaba prendido en las redes fenicias. La pesca del esturión en el Guadalquivir vivió su esplendor entre 1932 y 1970, cuando se promedió una media de 500 capturas anuales, ejemplares que iban a parar a la próspera factoría de caviar ubicada en Coria del Río (Sevilla).

 

Artes de anzuelo

El añorado esturión se pescaba con artes de anzuelo. Fuertes emociones granjearía a los captores izar a bordo de sus embarcaciones esos enormes animales –algo sólo comparable en la actualidad a clavar un hermoso atún en el estrecho, o uno de esos gigantes siluros del Ebro–, aunque lo cierto es que aquellos ribereños hacían su trabajo de forma profesional con el fin de suministrar la materia prima a la citada factoría, que disponía en su plantilla de seis pescadores encargados del mantenimiento de los polígonos palangreros situados a lo largo del río. En los primeros años, las artes empleadas para pescar esturiones eran los llamados sollares, redes atrasmalladas de unos 60 metros de longitud y 3 metros de altura con relingas corchadas y trallas aplomadas. Con el tiempo, la Compañía Ybarra, dueña de la industria de ahumado y caviar, se vio obligada a importar instrumentos de pesca más especializados, concretamente los que se usaban en el Danubio y en algunos ríos rusos. Se trataba de palangres de fondo provistos de enormes anzuelos de unos 25 cms empatillados en acero y fabricados especialmente para esturiones. Así lo recoge Salvador Algarín Vélez en un monográfico sobre el esturión del Guadalquivir publicado en 2002 en la revista Azotea, editada por el Área de Cultura del Ayuntamiento de Coria del Río.

Paradójicamente, la pesca industrial del esturión comienza en el Guadalquivir cuando se le corta el paso con la primera barrera artificial en su cauce, es decir, cuando se da el primer paso para su desaparición.

Entre 1928 y 1931 fue construida e inaugurada la presa de Alcalá del Río, que a la postre supuso un obstáculo infranqueable para esta brava especie anádroma, que, como el salmón, nace y muere en el río, viviendo la mayor parte de su vida en el mar. Los esturiones vieron interrumpido su flujo migratorio para efectuar la freza en aguas cercanas a Córdoba, y, en los primeros años, incapaces de remontar la estrecha escala ubicada en la presa para tal fin, se amontonaban en la estación primaveral junto a la barrera de hormigón, siendo pasto fácil para las redes de los pescadores de Alcalá del Río y otras localidades vecinas, quienes sólo aprovechaban su carne, no muy apreciada respecto a la de sabogas y albures, echando posteriormente sus huevas al ganado porcino. En marzo de 1932 comenzó a operar la fábrica de preparación de caviar y ahumado, ubicada en un caserío a orillas del Guadalquivir conocido como Villa Pepita, inmueble que en 2004 fue reconvertido en restaurante y museo. La actividad industrial se mantuvo operativa en estas dependencias durante 38 años, cesando en 1970 ante la falta de entrada de pescado en el río. Entre una y otra fecha, el Guadalquivir entregó a los paladares más exquisitos de esta y otras latitudes una producción de caviar de aproximadamente 16.200 kgs y una biomasa de peces elaborados de unos 158.000 kgs, según recoge la revista Azotea. Los pesos medios de las hembras capturadas se encontraban entre los 41 kgs del año 1950 y los 55 kgs de 1960. El peso de los machos osciló entre los 18 kgs de 1938 y los 29 kgs de 1955.

Los últimos grandes ejemplares de esta especie capturados en el río andaluz fueron una hembra de 45 kgs en 1974 y un macho de 32 kgs en 1975.

La fábrica de caviar de Coria del Río recibió para su creación el asesoramiento y gestión del científico de origen ruso Dr. Theodoro E.A. Classen, experto en transformación y conservación de productos pesqueros. Classen, ictiólogo visionario y defensor de teorías prematuramente conservacionistas, publicó numerosos trabajos científicos hasta su muerte en Sevilla en 1948. En uno de ellos realizó esta interesante reflexión: “La pesca del esturión en el Guadalquivir es antiquísima y en los tiempos remotos el número de esturiones cogidos por los pescadores de los escasos pueblos ribereños de la cuenca baja del río parece que ha sido considerable. Como se sabe, en los tiempos de antaño la mayoría de los pueblos ibéricos acuñaban sus propias monedas de bronce, plata u oro, y en muchas de ellas llevaban la reproducción del producto más característico de la localidad, una rama de olivo, un arado, un buey, una espiga o un pescado. Así, las monedas de Gades (Cádiz) y muchas otras poblaciones marítimas de la costa mediterránea tienen la representación de un atún. Pero las de Caura (Coria del Río) están adornadas con dos peces, un sábalo o un esturión (estas últimas monedas son rarísimas). En el mundo antiguo el esturión era uno de los pescados cuya carne se apreciaba más que la de ningún otro. Los autores latinos nos cuentan que en los suntuosos banquetes imperiales de la antigua Roma el esturión se consideraba el plato más lujoso. Siglos más tarde el esturión gozaba de gran prestigio en las ciudades del Guadalquivir Sevilla y Córdoba.

Los Reyes Católicos otorgaron el monopolio de la preparación del ‘caviale’ a los monjes de la Cartuja de Sevilla, y el derecho de ahumar la carne de este pez a una cofradía sevillana que tenía su domicilio en el ‘barrio de los ahumadores’. Pero este arte se perdió en las riberas del Guadalquivir”.

En sus textos, Classen dejaba constancia de que la única especie de esturión presente en el Guadalquivir era el acipenser sturio, es decir, el esturión del Atlántico. En 1997, esta idea comenzó a tambalearse tras la publicación de un estudio firmado por investigadores de las universidades de Granada y Cádiz, así como por los gestores de las Piscifactoría Sierra Nevada (Riofrío, Granada), que otorgaba también al acipenser nacarii –esturión del Adriático– la condición de pez autóctono. En 2004, esos mismos científicos estudiaron nueve ejemplares de esturión conservados en diferentes instituciones que fueron capturados hace décadas en el Guadalquivir y ríos vecinos. Las investigaciones genéticas concluyeron que dichos ejemplares, clasificados anteriormente como A. Sturio, eran realmente A. Nacarii. Considerando que esta última especie –amenazada y altamente protegida, como aquella otra– cuenta con programas de recuperación muy desarrollados y actualmente se cría y engorda con éxito en la piscifactoría de Riofrío, se reabre así la posibilidad de reintroducir el esturión en el Guadalquivir con vistas a una futura explotación de su carne y su caviar.

© Quico Pérez-Ventana

COMENTARIOS

WORDPRESS: 2
  • comment-avatar
    Federico 5 años

    El pasado 27 de septiembre de 2014 vi en un pantalán de hormigón hundido en el río Guadalquivir, en el tramo que pasa por enfrente de la Torre del Oro, Sevilla, un esturión de medio metro. Lo distinguí claramente porque lo vi desde arriba y parecía una lisa grande, pero me fije y me di cuenta que era un esturión.

  • comment-avatar
    alberto 3 años

    Yo pescando carpas y barbos en el Guadalquivir en Semana Santa hace muchísimos años, en 1994, me picó un bicho enorme que me sacó todo el hilo del carrete sin poder siquiera frenarlo. Era un tanque. En aquel entonces pescaba a lo bruto con un 0.45 mm y no fui capaz de frenarlo. Era un carrete de bastante capacidad, aproximadamente como de surf-casting, y os puedo asegurar que ni una carpa ni un barbo tiran así. Yo pesco a carpfishing y los he cogido grandes, pero como esta picada nunca. No sé si sería un esturión grande o un siluro. Porque años después me he enterado que a lo largo del Guadalquivir han cogido siluros, no sé, eso se me quedará siempre grabado y sin saber qué pudo ser.

  • DISQUS: 0