Los primeros pescadores

¡Detente aquí, viajero! En estas peñas

nace el que es y será el rey de los ríos,

entre pinos gigantes y bravíos,

que arrullan su nacer y ásperas breñas.

El reflejo otro tiempo las enseñas,

las armas, los corceles y atavíos

de razas imperiosas, cuyos bríos

postráronse en sus márgenes risueñas

ensancha entre olivos y trigales

y al mar corre a rendirle sus cristales.

Mas como lleva sal de Andalucía

sus aguas vuelve a las del mar iguales,

para llegar más lejos todavía.

 

(‘Guadalquivir’, Hermanos Álvarez Quintero)

 

 

Antigua moneda romana con la inscripción de un atún.

Una semblanza histórica

¿Quién fue el primer habitante de estas tierras fronterizas entre Europa y África que sujetó con sus manos una caña de pescar? ¿Quién lanzó a sus aguas el primer anzuelo tallado en piedra, hueso o madera para capturar un pez? ¿Quién tejió las primeras redes y las echó al fondo de ríos y ensenadas? Los libros de historia son muy explícitos en las referencias a las civilizaciones asentadas en el sur de la península ibérica que practicaron aquí la pesca para satisfacer sus necesidades alimentarias o como fuente de riqueza para exportar a otros ciudades y comerciar con otros pueblos –al fin y al cabo, la pesca es tan antigua como el propio hombre–, pero, obviamente, no tanto cuando se trata de establecer los orígenes de la pesca deportiva.

No sabemos a ciencia cierta qué andaluz, de qué época, cultura o raza, puso en práctica la técnica del anzuelo con una visión más o menos cercana a la que conocemos hoy día como pesca deportiva, es decir, más como forma de ocio y disfrute que como método de manutención, como lucha por la supervivencia. Pero lo cierto es que si en el año 1000 de nuestra era ya había en Andalucía docenas de surtidores de agua de colores distintos y olores diversos cuando en el resto del territorio ibérico aún no sabían lo que era asearse los fines de semana, como se encargó de recordar años atrás el entonces presidente del Tribunal Constitucional, Manuel Jiménez de Parga, es lógico pensar que en la Edad Media algún antepasado del citado magistrado o del firmante de estas líneas se batiera en buena lid con los habitantes de mares, ríos y lagos no solamente con lanzas o redes, sino con artes de anzuelo y cordel. Para proveer de alimento a él y los suyos, sí, pero a la vista del tamaño y combatividad de los peces que tentaban aguas adentro, no debía ser una tarea excesivamente tediosa.

Aquí, en el sur de Europa, sitúan los textos eruditos la aparición del anzuelo aproximadamente 30.000 años a.C.

Pesca en la Andalucía antigua

La pesca está unida indisolublemente a la historia de Andalucía. No en vano, esta comunidad mantiene actualmente una de las tasas más altas del mundo en consumo de pescado, fruto sin duda de su legado pesquero. Ya en los albores de la humanidad, durante el Paleolítico, alguno de nuestros antepasados se entretuvo en dibujar peces en una cueva de Nerja (Málaga). Sintomático. Diversos yacimientos descubiertos en riberas fluviales y fechados en el Paleolítico Superior se caracterizan por la presencia de espinas de salmones, lucios y truchas. A la Cultura de las Cuevas, en los inicios del Neolítico, pertenecen otros dibujos de peces hallados en la Cueva de la Pileta, Serranía de Ronda. Se sabe que el hombre de este periodo de nuestra prehistoria ya practicaba la pesca desde embarcación, puesto que en sus asentamientos costeros se han encontrado residuos de pescados como salmonete, lenguado, mugel y besugo. Todos estos restos arqueológicos demuestran que los primeros asentamientos humanos en Andalucía tenían el pescado como base de su alimentación y subsistencia. La pesca llegó a estar muy desarrollada a partir del Eneolítico –periodo final del Neolítico caracterizado por los instrumentos de cobre–, y alcanzó su esplendor en el primer milenio a.C., cuando las civilizaciones antiguas se asentaron junto a las Columnas de Hércules que describía Platón en su obra Critias. Tartesios, fenicios, griegos, íberos, cartagineses, romanos, visigodos, bizantinos y árabes: todos ellos lograron extraer con buenos métodos el producto del mar. Con total seguridad, también el de los ríos. En el caso de los fenicios, es preciso recordar que ya comerciaban con pescado salado y seco hace 3000 años, un milenio antes de que los pueblos del norte de Europa descubrieran las propiedades de la sal para la conservación del pescado. Aquella civilización fue, como es sabido, la que convirtió el pescado en un producto de consumo e industrialización en la historia mediterránea y atlántica desde los siglos IX y VIII a.C. en adelante, y en ello tuvieron mucho que ver sus ciudades ‘andaluzas’ Gadir, Lixus, Puerto de Menesteo, Abdera, Sexi, Malaka, etc. En estos siglos, el sistema para extraer el pescado del mar a escala amplia era el empleo casi exclusivo de artes selectivas de pesca centradas en el uso del anzuelo y las redes de luz de malla. Así se desprende de los descubrimientos arqueológicos realizados en el Castillo de Doña Blanca, en la Bahía de Cádiz.

La relación cultural y comercial de los fenicios con el autóctono Reino de Tartessos, asentado en la Baja Andalucía, propició la transmisión de sus conocimientos pesqueros, además de técnicas del metal, a aquellas enigmáticas poblaciones, de las que sólo conservamos fabulosos tesoros como el de Carambolo o La Aliseda.

Algún historiador apunta que los propios tartesos –o tartessios– poseían en su capital financiera, de ubicación incierta en ‘alguna’ de las tres cuencas suratlánticas (Guadalquivir, Tinto-Odiel y Guadiana), un foco innovador y difusor de tecnología marítima capaz de enviar a los confines del Mediterráneo y el Mar Exterior sus barcos mercantes –las naves de Tarsis que describen Jonás e Isaías– en una época, s. XI a.C., en la que Europa aún vivía en el primitivismo. Las embarcaciones tartésicas buscaron los grandes bancos de peces en la costa africana, concretamente en Canarias, Sahara y Cabo Verde. Así, en la coexistencia de ambas civilizaciones, fenicios y tartesos, proliferó en la zona sur peninsular una industria de salazón de pescado potenciada por la abundancia de materia prima –la sal, cuya extracción en pantanos de agua salada en Cádiz y Almería marcaba la localización de los asentamientos humanos, y el propio pescado, obviamente– y por la exportación desde las zonas costeras hacia el interior mediante vías fluviales. Los hábiles marinos fenicios, que comerciaron con todo el mundo conocido, comprobaron, pues, la riqueza piscícola de los caladeros del norte de África y el Golfo de Cádiz, y construyeron numerosos barcos de pesca para hacer acopio del divino tesoro.

Los romanos y el garum

El nutrido tráfico por el Estrecho de escómbridos migradores y cetáceos tampoco pasó desapercibido para los romanos que ocuparon Iberia. Enormes factorías de salazones de pescado se crearon en la costa sur peninsular, manteniéndose a pleno rendimiento entre los siglos I a.C. y III d.C., alguna también en el siglo IV, y éste fue el principal producto de exportación de esta provincia romana a las lejanas tierras occidentales y orientales del Imperio, como evidencian las ánforas salsarias descubiertas en los yacimientos arqueológicos de la época. Los romanos, por cierto, llamaban al atún ‘cerdo de mar’, según escribió el geógrafo Estrabón, pues pensaban que se alimentaban de las bellotas que producían unas supuestas encinas que crecían en el mar, y los capturaban, del mismo modo que los fenicios, con un laberinto de redes formado por galerías y puertas, una trampa con entrada y sin salida que hoy conocemos como almadrabas, palabra procedente del árabe que significa ‘lugar donde se golpea’. La almadraba de vista y tiro, jábega real o jabegón debió ser el arte habitual en las costas atlánticas y mediterráneas en la antigüedad para la pesca de grandes escómbridos, ya que las almadrabas de cuadro fijo, tanto de buche –más simple– como de  monteleva –de uso en la actualidad, más compleja– no aparecen en la documentación escrita hasta fines del siglo IX d.C., momento en que se cita su empleo en la legislación del emperador bizantino León VII.

Los atunes eran capturados en la Turdetania en su viaje de ida y vuelta desde el Mediterráneo hacia las aguas del norte del Atlántico. Numerosos restos arqueológicos –a destacar las ruinas de Baelo Claudia, actual Bolonia, Cádiz, y otros conjuntos industriales urbanos en Onuba (Huelva), Gades (Cádiz), Traducta (Algeciras), Suel (Fuengirola) Malaca, (Málaga), Sexi (Almuñécar) y Abdera (Adra)– y documentos escritos hacen referencia a la actividad pesquera en aquella época, incluso a la fabricación aquí del ‘garum’, una salsa de gran aceptación en Roma compuesta por vísceras de atunes, sardinas, congrios y otros peces que se dejaban fermentar en sal. El garum incluso llegaba a la soldadesca que guarnecía las fronteras bárbaras.

Textos atribuidos a Estrabón y Plinio hacen referencia a la riqueza piscícola en las costas béticas –frente a la pobreza general del Mediterráneo–, al gremio profesional que formaban pescadores y vendedores de pescado, y a las 18 clases de peces y cetáceos que se pescaban en las costas hispanas: faver, escombros, salpas, pulpos, sepias, calamares, ballenas, ostras, conchas, cetáceos, orcas, marsopas, congrios, morenas, buccinas, murices, atunes y colias. Las doradas y los esturiones frescos fueron manjares en las mesas de los ricos, hasta el punto de que, a fines de la República, su cría en cautividad en piscinas preparadas al efecto en los predios marítimos fue una actividad emprendida por los aristócratas romanos, los llamados piscinarii. Alguno de ellos, como Sergius Orata, adquirió su sobrenombre como consecuencia de la cría de doradas (auratae) en sus posesiones. De época romana nos llegan también referencias de la pesca con línea y anzuelo. Así lo describía el poeta Teócrito, que en uno de sus Idilios presentaba a dos pescadores que antes del amanecer comentaban el sueño que uno de ellos, Asfalión, tuvo durante la noche. El pescador recordaba que, tras gran esfuerzo, había conseguido subir un gran pez a la roca donde se encontraba practicando su oficio y, al ir a liberarle del anzuelo, descubrió que lo que acababa de pescar era un pez de oro. Son pasajes literarios que aportan connotaciones ideológicas de tipo heroico, el dominio sobre el mar de los grandes señores de la tierra, como aquél en que Pompeyo pesca con caña desde su lecho a través de una ventana.

Por su parte, Aristóteles dejó escrito que los pescadores de la Bética se aventuraban en el banco pesquero sahariano a bordo de unas frágiles naves llamadas hippoi. Caudio Eliano (s. II d.C.) describía la pesca de pelámides –bonitos– con líneas anzueladas arrojadas desde la popa de embarcaciones y dotadas en cada anzuelo de plumas de gaviota y trozos de lana púrpura que atraían la pesca con su forma y movimiento.

Según expresan el profesor de la Universidad de Sevilla Enrique García Vargas y el arqueólogo gaditano Angel Muñoz Vicente en sus estudios sobre la cultura pesquera andaluza en la antigüedad, los artilugios que analizaba Eliano recuerdan al descrito a fines del siglo XVIII por Sáñez Reguart bajo el nombre de bonitolera, un palangre de bonitos que constaba de parejas de anzuelos dotados de plumas de ave. También maneja un arte de anzuelos el pescador solitario que aparece en unas monedas acuñadas en el siglo I a.C. en Carteia (San Roque, Cádiz). En materia ictiológica, resulta interesante recordar que a los romanos se atribuye la introducción en nuestra península de la carpa, especie fluvial procedente de Asia que actualmente habita la práctica totalidad de los ríos y embalses ibéricos, incluido el río que ellos llamaban Betis. Aquella civilización sentó entonces las bases de la acuicultura, pues llegó a construir viveros donde se cebaban –y probablemente criaban– tanto las citadas carpas como algunas especies marítimas. A uno de esos corrales del litoral, concretamente de Carteia, se refiere Plinio cuando escribe que un gran pulpo se acercaba de noche a alimentarse de los peces allí recluidos.

Arabismos en artes de pesca

De los árabes nos han llegado aún más referencias de sus conocimientos pesqueros, esta vez también de agua dulce. La vocación marinera de los habitantes de las costas andalusíes se plasmó en su aportación al desarrollo de la náutica en Occidente, la transmisión de conocimientos sobre arquitectura naval, astronomía y geografía. El legado de su actividad pesquera, que en las localidades costeras era aún mayor que el comercio marítimo, quedó patente, además, en la existencia de numerosos arabismos que recicló la lengua española para denominar artes de pesca: aljerife (al-yarif), almancebe (al-mansab), almatroque (al-matruh), atarraya (al-tarraha), jábega (shabaka), jareta (sharit), jurdía (zurdiyya) o la citada almadraba (al-madraba). Asimismo, sus tratados de gastronomía y artes culinarias, todo un género literario dentro del patrimonio textual árabe y andalusí, evidencian una vasta cultura piscícola. Abu Ber Abdalacis Al-Arbulí, un ilustrado nazarí que vivió en Arboleas, Almería, en el siglo XV, ya en las postrimerías del reino de Granada, describía así las formas de alimentarse de los andalusíes:

“(…) El pescado que se cría en los mares y remonta los grandes ríos de agua dulce en busca de las hendiduras y la delicia que proporciona el agua dulce, como los peces que se pescan en el río de Isbiliya (Sevilla), que son el mújol, el sábalo y el ‘sabúli’, estos son de las mejores especies de pescado, de los de más delicioso sabor y de mejor quimo. Son buenos para que los que están sanos conserven la salud, en particular los jóvenes”.

Para Averroes, por su parte, ambos pescados, mújol y sábalo, eran los más apreciados, sobre todo cuando se pescan en los ríos lejos de la desembocadura, igual que el esturión, al que nos referiremos más adelante. En la época en que se asomaba al Oued-el-k’bir –río grande– para desovar, el sábalo jugaba un papel importante en el abastecimiento de la metrópoli de al-Andalus, según consta en los textos de los geógrafos árabes. Citaba igualmente Al-Arbulí al “camarón que se saca en el río de Sevilla, que es caliente, húmedo y de naturaleza sutil, y aumenta la potencia sexual”. También nombraba un buen surtido de peces marinos muy apreciados en la gastronomía nazarí como jureles, bogas, pintarrojas, pargos, besugos, brecas, salmonetes, sardinas, melvas, lisas, etc. “La mejor manera de cocinar los pescados es cogerlos en el momento de salir del agua, cortarlos, lavarlos y colocarlos en un puchero grande de barro o de cerámica vidriada, verter sobre ellos aceite y, cuando esté a punto, se retira del fuego y se le añade un caldo equilibrado, hecho de vinagre y jengibre, para moderar su complexión”, añadió en sus manuscritos. Una lástima que este refinado almeriense no fuera más explícito al describir el método en que esos peces eran sacados de su medio natural. Sí lo fue, por cierto, al explicar con todo lujo de detalles la preparación del gazpacho y el salmorejo.

Abd al-Basit, viajero egipcio que dejó constancia de su visita a al-Andalus, escribió sobre la abundante pesca en los ríos sureños. “El Guadalquivir tiene de por sí muchas ventajas, porque tiene mucha pesca y da buenos pescados. En un río llamado Saunil (Genil), uno de los más bellos ríos que existen, se encuentra un pez de admirable virtud, llamado radradi, que los médicos prescriben para combatir la fiebre”. ¿Truchas musulmanas? En aguas fluviales, sabemos que los árabes empleaban procedimientos de pesca similares a la manga, el zarampaño, el zalabar, la furtiva tarraya y la pesca con cuchara o con balanza.

Durante los siglos de dominación árabe, en al-Andalus se consumían grandes cantidades de atún, más aún que en época romana. La mayor parte de esas capturas se realizaban mediante la técnica de la almadraba –que ellos fabricaban con enrejados de cuerdecillas de esparto, flotadores de corcho y piedras– en un lugar conocido como Alqantabak, entre Cádiz y Gibraltar. Una cantidad menor de estos peces era tentada con artes de anzuelo, como se había hecho antes por parte de fenicios, griegos y cartagineses, y hasta hace muy poco a pequeña escala. En el siglo XII, el geógrafo almeriense Az-Zuhri mencionaba la pesca de atunes como la actividad económica fundamental de Tarifa, con sus nada menos que diez factorías conserveras, precisando incluso que estos grandes peces cruzaban el estrecho el primer día de mayo: “Se los pesca delante de la roca conocida como la peña del ciervo, al oeste de Algeciras. Entre ésta y la isla de Tarifa se pescan tantos atunes que únicamente Dios lo sabe”. Se refiere Az-Zuhri a la actual isla tarifeña de Las Palomas. Y añadió el autor que en los primeros días de junio los atunes realizaban el camino de vuelta desde el Mediterráneo hacia el Atlántico, y que entonces se pescaban también en Marbella, Ceuta y Gibraltar.

“No hay en el mar un pez más graso ni más sabroso que el atún –escribió Az-Zuhri–, no se come fresco nada más que en al-Andalus. En ocasiones se seca, se guarda y se exporta como mojama a todos los lugares de la tierra”.

Túnidos y otros pescados marinos eran conservados aplicándoles sal a los filetes y exponiéndolos al sol. Otros se maceraban en sal y vinagre y se consumían fríos, nuestro actual escabeche. Pero, según consta en las antiguas crónicas árabes, la sardina –que ellos bautizaron con tal nombre– era aún más demandada que el atún en las ciudades de la época, igual que ocurre en la actualidad. Se pescaba con las jábegas, redes lanzadas desde orilla o embarcación, y su consumo en Córdoba era tan abundante que en cierta ocasión, a petición de al-Hakam II, se comprobó que la venta diaria de esta especie movía un volumen de negocio de 20.000 dinares. También gustaban estos peces pelágicos en Marbella, donde un cronista musulmán escribió que “se convocaba a la gente para comer sardinas en vez de llamarla a la oración y se rezaba y decía amén por el que daba a comer pescados gordos”.

Andalucía, claro está, continuó siendo tierra de pescadores después de que en 1492 los Reyes Católicos conquistaron el reino nazarí de Granada poniendo fin a la dominación árabe de la península ibérica. La referida almadraba se convirtió en el arte de pesca español sobre el que más disposiciones se han dictado, pues en estos siglos se erigió en un privilegio de particulares y corporaciones concedido por la monarquía, que cedía esos derechos de pesca a casas ilustres como la de Medina Sidonia. En los archivos de esta casa ducal aparecen contabilizadas las capturas realizadas, así como los diseños de algunas almadrabas y los partes de incidencia de las campañas. En 1541, por ejemplo, se capturaron más de 140.000 atunes. Las obras de caridad que realizaba dicha casa ducal a monasterios y otras instituciones se efectuaban también con atunes. Finalmente, un real decreto abolió en 1817 tales privilegios y concedió la explotación de esta industria a hombres de mar reunidos en gremios. La almadraba fue incluso evocada por la literatura novelesca del Siglo de Oro: Miguel de Cervantes definía las de Zahara en La ilustre fregona como el “finibusterrae de la picaresca”, refiriéndose quizá a la catadura moral de las gentes que la custodiaban.

El río andaluz y su cazador

Pescando en una mobylete, años 60. Foto: C.P. San Rafael

Al margen de estas notas históricas sobre pesca comercial, en los siglos venideros habría de producirse en esta tierra –especialmente en aguas interiores, quizá en los cursos trucheros de Andalucía oriental o en los 657 kilómetros del gran río Guadalquivir, donde esturiones, sábalos y sabogas, extinguidos ya los dos primeros, gozaban de gran aceptación– el descubrimiento de la pesca como una satisfacción deportiva, aunque, lamentablemente, ninguno de sus pobladores más eruditos tuvo a bien dejar constancia documental de aquel arte, como así ocurrió algo más al norte, en León. En 1624, un escribano nacido entre aquellos 3.000 kilómetros de ríos legó a la posteridad la primera obra literaria en castellano sobre pesca deportiva, el célebre Manuscrito de Astorga, que ofrecía un exhaustivo catálogo de 33 moscas artificiales para la pesca de la trucha. En esa tarea de descubrir para las letras la relación del pescador con la naturaleza fueron pioneros ingleses y españoles, por ese orden, pues ya en 1496 vio la luz en Inglaterra el Tratado de la pesca con caña, escrito por la monja Juliana Berners, que ilustraba a los caballeros sobre éste y otros pasatiempos nobles de la época. En 1653 se publicó la mítica obra de Isaac Walton El perfecto pescador de caña, subtitulado de forma sugerente O la distracción del hombre contemplativo. Un apasionante relato sobre la pesca fluvial, piedra angular de la literatura sobre pesca, del que ya se han realizado más de 400 ediciones y que en 1904 mereció un incondicional ensayo de Miguel de Unamuno.

A falta de textos eruditos que descubran la conexión perdida entre el pez del río andaluz y su cazador, aquí apenas encontramos, que sepamos, una denuncia expedida en Loja en 1664 que hace referencia a la pesca de truchas en esta localidad granadina, aunque no precisamente a la técnica de un experto lanzador de la muestra, sino a las malas artes de un furtivo. Y algún dato más. De los siglos XIII y XIV se data el abastecimiento de pescado a los mercados de las grandes ciudades, y entre las especies figuran lampreas, sábalos, sabogas, barbos, picones (barbos comizos), machuelos, anguilas, róbalos, sollos y albures, además de otras expresamente marítimas.

En 1624, el rey Fernando IV visita Sevilla y queda sorprendido por la actividad de los pescadores frente al Cortijo del Alamillo, que extraen de sus redes sábalos, albures y sollos. Este mismo monarca autorizó a los pescadores hispalenses a disponer de un alcalde propio que intercediera en sus conflictos profesionales y ejerciera su autoridad desde el Guadiana a Tarifa, exceptuando las áreas de almadrabas.

Durante el siglo XVIII y, sobre todo, a raíz de la revolución industrial de mediados del XIX –que en Andalucía comenzó con notable ímpetu para desacelerarse posteriormente–, se extendió en la sociedad el término ‘pescador deportivo’ y las técnicas y equipos de pesca experimentaron un fuerte desarrollo. Ya no era necesario que el ‘aficionado’ confeccionara sus propias cañas, sedales y cebos artificiales, como promulgaba Walton, quien sí acertó en otorgar al pescador las condiciones de naturista e idealista, virtudes que aún mantenemos hoy en día, o eso nos gusta pensar. En Andalucía, no obstante, la pesca deportiva ganó en estas décadas aún muy pocos adeptos, probablemente ociosos miembros de familias aristócratas que, lejos de perfeccionar sus técnicas y divulgarlas, seguían aferrándose a las viejas tradiciones. Hasta la llegada, ya en el siglo XX, de los sedales sintéticos y las cañas de fibra de vidrio, materiales que acercaron la pesca deportiva a las clases populares, y la creación en los años 50 de las primeras sociedades de pesca, lo dicho, escasas, casi nulas, referencias escritas de pesca deportiva en el sur de España.

© Quico Pérez-Ventana

COMENTARIOS

WORDPRESS: 0
DISQUS: 0