Siglo XX: postales de pesca

En Andalucía, también en el resto del país, la pesca deportiva es cosa del último medio siglo. Poco más. El testimonio oral de los precursores de esta afición enciende una luz en el túnel del tiempo. Es decir, la memoria aún alcanza a rastrear los primigenios pasos de nuestros pioneros en tales artes, auténticos entusiastas que sentaron las bases de una actividad de ocio que décadas más tarde contagiaría su implacable virus a cientos de miles de andaluces. Hablamos de la memoria de los pescadores más veteranos, claro, cuyas palabras descubren el pasado reciente de este deporte. Aquellos que, siendo niños, dejándose llevar por su instinto depredador, descubrieron el subidón de adrenalina, casi un escalofrío eléctrico, que produce en nuestro cuerpo un pez tirando de un sedal con nuestro brazo en el otro extremo.

Quizá entonces tomaron conciencia de la pesca como posibilidad de esparcimiento, de disfrute de la naturaleza. De vida sana e, incluso, de competitividad. Así lo entendió también el programa Educación y Descanso, cuya sección de pesca recreativa aglutinó a mediados de siglo en cada capital andaluza las primeras sociedades de pesca y, con ellos, los incipientes concursos populares.

A través de esta iniciativa gubernamental, los pescadores obtenían una licencia federativa y se iniciaban en la apasionante competición, que entonces no se caracterizaba por el empleo de costosas cañas enchufables, pero que también solía coronar en la cima del podio al más técnico y fino participante. Educación y Descanso fue, en definitiva, el primer paso para aunar voluntades en torno a la pesca recreativa.

1960. Pescando albures en la presa de Alcalá del Río. Foto: C.P. San Rafael

Sevilla

En Sevilla, las primeras imágenes de pesca recreativa se remontan 50 ó 60 años atrás, cuando aún corría el río por el casco urbano de la ciudad. Así lo cuentan varios aficionados veteranos pertenecientes a uno de los clubes históricos de la capital, el C.P. San Rafael, fundado el 27 de agosto de 1959. Siendo niños, recuerdan, visitaban los ‘puestos’ más cercanos del Guadalquivir, como eran el Muelle de la Torre del Oro, las zapatas de la calle Betis (Triana) y el husillo real ubicado en las proximidades de la antigua Estación de Córdoba. En este último rincón buscaban un cebo ciertamente peculiar, el llamado panfué (tradúzcase literalmente), una efectiva carnada que fabricaban con algodón remojado en excrementos. El maíz y la masilla fueron sustituyendo con el tiempo a aquel ‘suculento’ manjar a la hora de tentar a las carpas, barbos, anguilas y, sobre todo, albures del río andaluz, tarea para la que usaban, en un principio, cañas de bambú y gruesos sedales liados en el propio cuello del pescador. Luego habrían de llegar los populares carretes Segarra y Mitchell, que aún mantiene en uso algún que otro aficionado sureño aferrado al pasado. No serían máquinas tan obsoletas con semejante vida útil.

Se cuenta que en los años de la posguerra algunos vecinos de Triana, como el célebre Isidoro, lograron sacar adelante a sus familias con pescado del río previamente cosechado con artes de anzuelo. En estos arrabales aún es común hoy en día degustar en los bares tapas de barbo y albur en adobo, ejemplares capturados en el mismo río, igual que hacían hace medio siglo los pioneros de la pesca deportiva.

Sigamos recordando. Los pescadores veteranos de la capital sitúan en los años 50 el descubrimiento de esta ‘pasión singular’, parafraseando el filme biográfico de Blas Infante, padre de la patria andaluza. En aquellos años, siendo niños, compraban en la antigua ferretería San Pablo, ubicada en la calle San Pablo, frente a Galerías Preciados de la Magdalena, un corcho con una tanza de unos metros, una rústica boya y un anzuelo y lo lanzaban a las aguas del Charco de la Pava –futuro recinto de la Feria de Abril– acompañado de masilla o lombriz para tentar a carpas y barbos. Aquel artilugio, auténtico precursor de la pesca deportiva moderna, costaba la friolera de 25 céntimos. Frente a las enormes corchuelas, comenzaron a usarse a modo de ‘sofisticados’ flotadores las plumas de pavo o alcatraz, que aumentaban la flotación y precisión en la picada. Las plumas se pelaban con una cuchilla de afeitar y se calentaban para enderezarlas. Luego se les ponía una gomita para encauzar el hilo. ¿Y cuándo comenzó a usarse el asticot como cebo? En ello enarbolaron la bandera los pescadores extremeños, igual que hacen actualmente al abastecer el mercado nacional con este cebo. “La primera vez que vi a un pescador usando asticot fue en el Lago de Arcos”, comenta uno de nuestros interlocutores del C.P. San Rafael. “Era un aficionado de Badajoz que no paraba de capturar pardillas, y nos explicó cómo hacerlo. Colgaba cabezas de pollo sobre un barreño y, tras varios días, los gusanos caían en él. Así lo hicimos durante años”. Afortunadamente para los sufridos olfatos y aparatos digestivos de los pescadores, el método de obtención de los cebos de agua dulce ha evolucionado al mismo ritmo que las técnicas y los materiales de esta práctica deportiva.

Con la fundación de los primeros clubes comenzó en Sevilla la pesca recreativa como la conocemos hoy en día. Las sociedades deportivas solicitaban los correspondientes permisos a la Comandancia de Marina para celebrar sus concursos, entre ellos el popular Ciudad de Sevilla. En estos eventos, por cierto, no se imponía aún el uso de rejones para mantener vivo el pescado, es decir, todos los ejemplares capturados se destinaban al consumo. Y es que lo de la pesca sin muerte se puso de moda, felizmente, hace apenas 15 años. El resultado de las jornadas era descomunal, y eso que las técnicas empleadas eran ciertamente rudimentarias, casi prehistóricas: cañas cortas y rígidas con escasa sensibilidad, sedales de más de 0,30 mm y grandes anzuelos. Una de dos: o había más peces –porque, por ejemplo, el río estuviera más limpio– o menos pescadores. “No, el río está ahora mejor que nunca”, comenta nuestro comité de sabios. “De hecho, en esa época sí que había una alta mortandad de peces. A menudo se veían cientos de ellos flotando en la presa de Alcalá del Río”. La misma presa donde se reunían pescadores de dudosa conciencia que ‘robaban’ albures y barbos lanzando a las inmediaciones del hormigón sus poteras plomeadas con bujías. Obviamente, a esa actividad no se le puede llamar pesca deportiva. Pero, ojo, en aquella época también había gente que iba al río a pescar por pura afición, que afinaba los aparejos y que devolvía al agua con vida sus capturas. Eran los menos. Y ya se extendía el lance de peces artificiales –rapalas, popularmente– y cucharillas para tentar al black bass en escenarios idóneos para el bravo centrárquido como la presa de Sancho, en San Bartolomé de la Torre, o el embalse de Cala, en El Ronquillo, conocido entonces y ahora como los Lagos del Serrano. En los 60 irrumpió con fuerza entre los aficionados sevillanos más inquietos el pez de plástico, un cebo artificial que solían adquirir en la antigua Armería Rodrigo –ubicada en la calle Amor de Dios, tristemente desaparecida– con marchamo ‘made in Suecia’ y que costaban “un dineral”. También perseguían al lucio, que entraba en el Conde de Guadalhorce y en el citado Lagos del Serrano. O a la trucha, que se buscaba en la Rivera del Huéznar, El Bosque o Riofrío.

En los últimos 70’, el inicio de las competiciones de carácter regional y nacional permitió a los aficionados más avezados conocer el país gracias a la pesca.

En los 50’ y 60’, los pescadores hispalenses tenían mayor querencia a la pesca fluvial, obviamente, pero en los periodos vacacionales no dudaban en montar las cañas de mar y lanzar los aparejos desde las playas de Huelva y Cádiz. La gusana era difícil de conseguir, así que bastaban carnadas de sardina y choco para rubricar enormes pescatas de anchovas, bailas y robalos desde, por ejemplo, el clásico Muelle del Vigía, en Mazagón, o las rocas del Espigón de Barbate, donde doradas, sargos y bocinegros elevaban unos grados la calidad gastronómica y el disfrute deportivo.

Cádiz

Pescando desde embarcación en el Campo del Sur. Foto: Club Marítimo de Cádiz

Al sur del Sur, en Cádiz, la afición a la pesca deportiva se abría paso a mediados del pasado siglo con la misma pasión con que los antepasados fenicios extraían el maná del mar 3.000 años atrás. No en vano, como recordábamos antes, Gades fue la primera gran metrópoli del occidente europeo. En el argot caletero –de La Caleta, pequeña y popular ensenada de la capital gaditana, la misma a la que aluden las geniales letras carnavaleras–, aún se utiliza la expresión ‘fenicio’ para denominar al pescador cuya técnica se ha quedado anclada en el tiempo. De hecho, la más célebre postal de pesca deportiva en esta ciudad podría remontarse 60 años atrás, y sería la de un aficionado sobre alguna de las hileras de rocas que juguetean con el mar en la citada Caleta o en Santa María del Mar, o a bordo de una rústica embarcación de madera de mediados de siglo, haciendo bailar con sus manos una gruesa y rígida caña del país y tentando al sargo y la mojarra a corcheo. Como en el año 1.300 a.C., poco más o menos. O la de un niño sentado en el cantil de un viejo muelle –el Pesquero, el de la Arena, el Reina Sofía, hoy cerrados a la pesca por “protocolo de seguridad”, ejem– lanzando un volantín de dos anzuelos adornados con un pijón (ese gusano autóctono que sangra algo parecido al yodo) o una gusana de canutillo y haciéndose con un preciado tesoro de mojarras, charranes –sargos medianetes– y salmonetes. O la muralla del Campo del Sur empetá de pescadores, como dicen aquí. En este último lugar se usaban cañas de bambú con tramos de rastra, esto es, alargadas con un tramo extra para poder lanzar el aparejo desde un escenario en alto sin necesidad de usar carrete. Los cordeles se llenaban de villuelos, unos corchitos anteriores al flotador que compensaban la corriente, y que, de recogida, cual coches de caballos, entonaban una sinfonía singular al ser arrastrados por las calles. Aquí en Cádiz fue donde se comenzó a denominar la caña tradicional de bambú como ‘caña del país’. Se traían cañaverales de Tarifa y, al recodo de una candela, se les iba dando forma untándolas de brea.

Luego llegó la tecnología, la fibra de cristal, más tarde el carbono, pero nada como las vueltecitas de mano de la caña del país. Aún se ven algunas, resistiéndose estoicas a la modernidad, en los balcones gaditanos, únicas estancias de los pisos donde caben artilugios de un solo tramo con longitudes más allá de los 6 ó 7 metros.

Ya en 1952, el Club Deportivo Pesca Marítima de Cádiz, fundado un año antes (lo que le convierte en uno de los más antiguos del país), organizaba en la Punta de San Felipe torneos de pesca recreativa para sus socios. Este era uno de los puntos calientes para iniciarse en el arte del anzuelo; también la Alameda Apodaca, La Caleta o el Campo del Sur. Saliendo de la ciudad, se veían aficionados en Cortaduras, la Casa del Gallego –llegando a San Fernando–, Santibáñez o la isla de Sancti Petri. En todas partes había pesca, no como hoy en día, que sólo se muestra en puntos estratégicos. O mejor, digámoslo con el lenguaje de La Caleta: en cualquier lugar se podía pegá un potalazo. Y más: “Quillo, qué bastinazo. Estaba el pescao tirao y pegándole a enferrá, los cogíamos enchampelaos. Nos pusimos agua tapá. Qué bonito, io”. Venga, analicen eso. ¿Misión imposible? Se recomienda una lectura urgente del libro de Pedro Payán El habla de Cádiz. O El lenguaje de la mar de Cádiz, de Javier Osuna.

Los botes exploraban las aguas cercanas. Cada aficionado tenía su puestecito. Así, toda la vida. Se usaba, como hemos dicho, la caña del país, también el volantín y el tradicional palillo, efectivo método de origen inmemorial. Se trataba de un aparejo en forma de triángulo unido a un champé –chambel– y provisto de una vara de acebuche, una campana hueca que iba liberando camarones o engodo y, por último, unas largas pernás –brazolás– en las que se señalaban la breca y el garapello con el tiro de marea. Barcos barbateños de unos 3,5 mts de eslora que navegaban a remo, primero, y luego con aquel motorcito ‘british seagull’ de apenas 3 ó 4 cv. Y no se fondeaban con rezón, sino con una piedra cangrejera. Luego, se atracaban a un muerto en el Ojo de Buey de La Caleta, protegida del furioso levante. Desde embarcación se capturaba la baila en el Sur –Campo del Sur– con el latiguillo, sedales anudados que varían su grosor al modo de la actual cola de rata truchera. Los más osados buscaban más adentro el pargo y el pescao de cuero (cornúa o marrajo). O iban al encuentro de la palometa en su época y zona de paso. También hubo siempre en esta zona pescadores que se dedicaban exclusivamente a la caballa durante los meses estivales. De uno de ellos se cuenta que puso un puesto para vender semejantes pescados en la fiesta que pone fin al verano, el Entierro de la Caballa. En estas se le acerca un policía y le pregunta si tiene permiso para vender allí. “No”, contesta el pescador. “Pues me las llevo todas”, dice la autoridad. “Entonces se las dejo baratitas”, concluye el primero. Qué arte. Las caballas se quedaron en el puesto, huelga decirlo.

En agua dulce fueron los jerezanos los que dieron un paso al frente; también los vecinos de municipios del interior bañados por un lago, como era el caso de Bornos o Arcos de la Frontera.

Las orillas de estos embalses, junto a las de Guadalcacín 1 y Los Hurones –la cola de Caldera–, vivieron el último cuarto de siglo el apogeo de la pesca de ciprínidos. En esta época, el río Guadalete disponía de buenas riberas para tentar a las especies fluviales. El mundialista jerezano Simón Parra, pionero de la pesca continental de alta escuela en la provincia gaditana, recuerda sus primeros lances en estas aguas. Solía visitar una zona del río conocida como Venta Cartuja, 200 mts más abajo del cruce con la carretera de Medina Sidonia. Allí entraban barbos, carpas, anguilas, bordallos –ya desaparecidos–, bogas, sabogas e incluso sábalos, que remontaban las aguas cuando éstas bajaban limpias. Otros pesqueros históricos del Guadalete eran La Venta Las Angulas –en la corta cercana a El Portal– y las riberas de Villamartín y Zahara de la Sierra. Al margen de los ciprínidos, en Cádiz también hubo afición a la trucha y al black bass. Este último se pescaba en el antiguo embalse de Guadalcacín y en Arcos con una técnica ciertamente primitiva: a fondo con lombriz. Las truchas llegaron en los últimos 60 a los ríos Tabizna y Majaceite. Una repoblación de arcoíris en estos cursos de la Sierra de Grazalema posibilitó que los pescadores gaditanos tomaran contacto con los salmónidos en el coto de El Bosque, siempre con un buen nivel de capturas y con cucharillas y moscas como señuelos; en los primeros años, también se permitían los cebos naturales. La cola de rata apenas encontró adeptos en esta provincia, puesto que el único escenario truchero mostraba –y muestra– un enmarañado bosque galería que desaconseja tales lances.

Huelva

1961. Tentando bailas y anchovas en el Muelle del Vigía, Mazagón. Foto: C.P. San Rafael

Hacia el oeste, Huelva fue –y es– un foco caliente de pescadores recreativos marítimos, cómo no. De hecho, en su costa está enclavado el mayor escenario marítimo artificial del país, que no es otro que el dique Juan Carlos I, conocido popularmente como Espigón de Huelva. Sus aproximadamente 15 kms de longitud, con lances de cañas deportivas en ambas orillas, supusieron tras su construcción en los años 70 un auténtico boom de la pesca recreativa tanto para los aficionados onubenses como para los vecinos hispalenses. Pero en estas latitudes los inicios de la pesca marítima con caña fueron en los muelles, como aquel embarcadero de la Punta del Sebo que se utilizaba para pasar a La Rábida, allá en la otra orilla del río Tinto. Desde esta estructura se pinchaban mojarras y sargos con un simple aparejo de mano y una lombriz. En los años 50 y 60 ya se veían en las playas las cañas de bambú, posteriormente las de fibra de vidrio. Una simple caña de 2,5 mts era capaz de rubricar enormes pesquerías tanto con la técnica del corcheo desde muelle –por la noche se usaban boyas pintadas en blanco– como con el lanzado desde playa. Gruesos bajos de línea culminados en un plomo de 60 grs y cebos de gamba pelada y sazonada o gusana formaban el equipo básico para pescar herreras o mojarras desde Punta Umbría, Mazagón o la ría de Huelva.

Otro escenario marítimo que adquirió relevancia en esta época era el célebre Muelle del Vigía, también en la orilla de Mazagón, un paraíso entonces para la pesca de bailas y anchovas a fondo.

Como en las demás provincias andaluzas, Educación y Descanso asumió la organización de los primeros concursos desde costa. Respecto a la pesca desde embarcación, la calidad y cantidad de las capturas que proporcionaba esta modalidad hizo que fuera ganando adeptos entre los afortunados dueños de un pequeño bote ‘deportivo’ o aquellos otros entusiastas que acordaban con el patrón de un buque arenero un breve paseo hasta la ría de entrada al Puerto de Huelva a la altura de Mazagón, concretamente por el Canal de Padre Santo. Desde cubierta, los aparejos lograban engañar con frecuencia buenos ejemplares de dorada, robalo, corvina, sargo y hasta roncaores de medio kilo. Capturas, como es obvio, ciertamente superiores a las que se logran hoy en día en estas mismas aguas. El método más empleado para pescar desde embarcación era el aparejo de mano a fondo. Éste se componía de una ‘guita reina’ y una brazolá provista de dos o tres anzuelos. La pesca era abundante. Dicen los sabios del lugar que el polo químico, especialmente en sus primeros años de operatividad, cuando vertía residuos con escaso control, redujo notablemente la pesca, pues contaminó aguas y fondos. Ahora, con el férreo control de los organismos competentes en materia de medio ambiente, parece que la contaminación industrial no es ya el principal enemigo de los peces.

Los recuerdos de pesca onubense en agua dulce conducen al arroyo Candón, donde en los años 60 se capturaban los primeros barbos, bogas y pardillas.

Se empleaban, cómo no, cañas del país y corchuelas, y las tanzas se montaban artesanalmente con las fibras de las pitas. Estas líneas se compraban en la célebre tienda de Baltasar. La generación anterior, según cuentan, se fabricaba el sedal a través de capullos de seda endurecidos y estirados en vinagre. Bonito detalle de la pesca antigua, ¿no creen? El primer club que se creó en la provincia fue el C.P. San José de Riotinto. Sus miembros acudían al pantano de Campofrío, escenario de las primeras competiciones onubenses. En la capital se creó posteriormente el Real Club Marítimo de Huelva, que ya envió representación a torneos interprovinciales. La presencia en estos eventos de expertos pescadores de Badajoz –que siempre fueron un paso por delante en el agua dulce– sirvió para que los andaluces se familiarizaran con las cañas de fibra de vidrio, sedales finos, anzuelos más pequeños y, como hemos visto antes, el asticot como cebo. Luego llegaron los engodos de harinas vegetales –que se preparaban en casa los propios aficionados– y, con ellos, las pardilleras, cañas fijas de 3 ó 4 mts que presentaron oficialmente en sociedad la pesca moderna de ciprínidos. Llama la atención la escasa tradición que siempre hubo en Huelva capital a comer el pescado de agua dulce, a diferencia de otros territorios cercanos como Valverde o la misma Sevilla. “Aquí los barbos gustaba poco pescarlos, y menos comerlos”, confiesa Paco García Martínez, experto pescador fluvial de la tierra.

El black bass, por su parte, halló en los ríos y lagos onubenses el ecosistema ideal para extenderse y reproducirse. Los primeros basses se capturaron en el embalse del Piedras, también en Valverde y la presa de El Sancho. Como improvisados señuelos se utilizaron los mismos que tentaban a las bailas en el agua salada: gomillas blancas recortadas de los cables eléctricos. Las cucharillas llegaron más tarde e hicieron estragos, igual que los peces giratorios de plomo (devones).

Málaga

Málaga, con su centenar de kilómetros de costa, se aficionó pronto a la pesca recreativa marítima, tanto al lance desde playa como a la embarcación. En los años 50 ya se veían aficionados pertrechados de cañas en la Cala del Moral, por ejemplo, cosechando del Mediterráneo cestas de herreras y sargos. Los inicios fueron al corcheo con una caña mixta: dos tramos de bambú y uno de cañavera. Los propios pescadores cortaban las espigas de cañaverales y las secaban en casa colgándolas del techo y dándoles baños de aceite hasta que el instrumento adquiriera buena cimbra. A mediados de siglo, en La Malagueta, La Misericordia o El Palo, playas pesqueras por excelencia, se podían ver postales de medio centenar de aficionados sosteniendo sus largas y pesadas cañas del país, con sus anillas de porcelana, pendientes de la hundida de una boya.

Más tarde llegaron las cañas ‘deportivas’ de fibra de vidrio y los primeros clubes, como El Robalo y el Pez Limón, que agitaron la escena competitiva.

En esos mismos años, los más inquietos se iniciaron en la pesca recreativa desde embarcación, quizá en el pequeño puerto de El Candado, junto a Pedregalejo. Allí, en unas piedras que se adentran en el mar unos centenares de metros, entraban en aquellos tiempos a las artes de anzuelos abadejos, pargos, sargos, brecas, etc. O entre la playa de la Misericordia hasta el puerto, pescando a rolo –al garete, sin fondearse–, o en los Tajos de Maro, un peñascal a milla y media del popular chalé del italiano donde se cogían buenos pescados a sólo 32 mts de profundidad. En su época, se capturaban cantidades ingentes de caballas y jureles frente al espigón de la Térmica. Los roquedos más lejanos se localizaban por marcas costeras. “Los localizadores GPS y los carretes eléctricos le han quitado a la pesca ese sabor añejo. En función de la profundidad, uníamos dos o tres marcas, y no fallábamos”, comenta el pescador malagueño Alfonso Rosado. Entonces y ahora, las marcas más frecuentadas eran El Cantal, frente a la Cala del Moral, un roquedo de entre 150 y 175 metros de profundidad que en los años 60 eran invadidos por decenas de botes de madera con motores de esos que tenían el depósito de gasolina arriba; los citados Tajos de Maro, en Nerja, y el Placer de las Bóvedas, también conocido como el Banco, frente al Hotel Atalaya Park, entre Marbella y Estepona. En este último se localizaron puntos calientes como Colmenar, la Piedra de los pargos, la Pachocha, la Casa a cuestas… Los riscos más altos están a tan sólo 17 metros de profundidad; los más bajos, a 95 metros. El pescado allí era de piedra: pargo, gallineta, brótola, cabracho, vaca, rascacio, pajel, chopa… En esos años se daban los llamados sargos soldados de hasta 5 kgs, esos que parecen que tienen puesto un pijama. Por tierra del Placer de las Bóvedas estaba Los Roqueíllos, donde entraban las grandes samas –aquí conocidas como trompúas, por su frente abombada– pescando al vivo. Afortunadamente, la ausencia de arrastre en estos fondos rocosos ha permitido que está pesca se siga practicando en nuestros días, aunque las grandes capturas sean más esporádicas.

Décadas atrás, Antequera tomó el liderato malagueño en el agua dulce. Su ubicación interior, aunque a sólo 46 kms de la Costa del Sol, hizo a los pescadores de este cruce de caminos concentrar la mirada en diferentes masas de agua como las de El Chorro, Govantes o Peñarrubia.

Los inicios pudieron ser en el río Guadalhorce a la altura de Cártama, donde se clavaban barbos y anguilas con las primeras cañas telescópicas de pequeña longitud y provistas de un carrete Segarra. ¿Cebos? Nada de asticots y engodos. Igual que en todo el sur, en los ríos malagueños se pescaba con lombriz, masilla, patata cocida, cangrejo… y trocitos de bordallo. Cualquier minitalla se prestaba a ser troceada y servir de cebo para el lance a fondo en pozas de corriente suave. El citado río Guadalhorce era frecuentado por los aficionados desde su nacimiento en Villanueva del Trabuco hasta llegar al embalse de Govantes. En estos tiempos, menos azotado por sequías y riegos, no se secaba en todo su recorrido, y mostraba puntos calientes para la pesca como las presas de Golpeaero, Chinchilla, Las Monjas y Cártama Estación. También visitaban el río Turón, que vierte sus aguas al Conde de Guadalhorce (conocido popularmente como El Chorro), y algún escenario de la vecina Córdoba como la presa de Cordobilla (en la comarca de Puente Genil) o Iznájar y su río Genil. Otra localidad malagueña que también concentró la atención en el río fue Ronda. En los años 50, se buscaban barbos, bogas y bordallos en el mismo río Guadalevín que pasa por su célebre tajo, cauce, por cierto, que en cierta ocasión fue repoblado con lucios, aunque no llegaron a aclimatarse y extenderse. De aquella época se cuenta que los peces de agua dulce –los referidos barbos y bogas– eran vendidos en canastas por las calles de Ronda, pregonándose con aquellas voces que decían “¡hay peces del río!” Ya mediados los 70 se extendió la pesca de la carpa. Este popular ciprínido inundó las jornadas de pesca al coup con la llegada de los concursos a los pantanos, impulsados por los clubes Amigos del Pantano y Amigos del Río, ambos de Antequera, o la sociedad de pesca Guadalevín (Ronda). Con ellos irrumpieron las cañas desnudas y las primeras enchufás –enchufables–, que aquí se usaban como las telescópicas, es decir, 9 metros de caña y 9 metros de hilo. Con los años, las sociedades de pesca afincadas en la costa –Peña El Robalo de Málaga, Club La Corvina de Marbella…– comenzaron a interesarse por el agua dulce. Cada una de ellas disponía de al menos dos o tres deportistas fluviales destacados que acudían a las competiciones provinciales.

En el agua dulce malagueña también se hizo un hueco el lance ligero. En los 70, el antiguo Icona repobló de truchas arcoíris el río Genal, que nace en Igualeja y se une más abajo con el Guadiaro.

En aquellos ríos de la Serranía de Ronda no había truchas autóctonas, quizá debido a la inestabilidad de sus aguas, y las repoblaciones consiguieron su objetivo: despertar la pasión por los salmónidos en un buen número de pescadores de la tierra. En el citado Genal y en el Guadiaro a su paso por Benaoján se podían pescar libremente las arcoíris tanto con cucharillas y moscas como con cebos naturales –lombriz y pan–, y sólo había que respetar la medida mínima, que era de 19 cms. El propio Icona acordó con el club Guadalevín la creación de un coto en el término de Ronda, concretamente desde el mismo puente que se eleva sobre el tajo hasta la Cueva del Gato, en Benaoján. La institución se comprometió a efectuar repoblaciones constantes y el club asumía el servicio de guardería. Ese fue el momento de esplendor truchero en Málaga, pues el río llegó a albergar un campeonato regional de salmónidos. Después, estas aguas se fueron degenerando, en palabras de los propios aficionados rondeños. El río Genal sigue constituido como coto, igual que el Turón, pero con escasísimas truchas y sin disfrutar de repoblaciones. Por otra parte, los aficionados malagueños al spinning pudieron probar en estos años –décadas de los 70 y 80– la eficacia de las cucharillas y devones tentando al black bass, incluso algún pescador rondeño armó sus líneas con imitaciones de grandes moscas (streamers). Primero visitaron el inmenso embalse de Iznájar, en la vecina Córdoba, y luego los escenarios propios de Govantes, Chorro y Peñarrubia, este último el más célebre para el gran centrárquido.

Almería

Pesca con caña en la Isleta del Moro, Cabo de Gata. Foto: Fernando Roba

Almería siempre vivió cara al mar. El agente dinamizador de la pesca en esta provincia fue el club Polideportivo Pesca y Caza, entonces dependiente de Educación y Descanso, y con él, Fernando Roba, el pescador más célebre de esta tierra. En los años 50 y 60, el Cabo de Gata aún no había sido declarado parque natural, y la fiebre de la pesca se hizo presente en las zonas rocosas de la costa. Se empleaba la caña de corcheo, o caña fija sin carrete. El lanzado se destinaba sólo ‘al vivo’. Entre septiembre y octubre pasaban por la zona de levante –Rodalquilar, la isleta del Moro, Escullos, Cabo de Gata…– los grandes peces, samas o dentos, y se podían pescar desde la misma orilla. El método era tan sencillo como enviar lo más lejos posible una pequeña salema ensartada por el lomo en un anzuelo. A veces, levemente cegada para que no se escondiera al ver llegar al gran predador.

También caían engañadas a distancias de cañas de lanzado las grandes serviolas. Otros tiempos. Desde playa se perseguía el robalo y la dorada. Aún se hace, pero en menor proporción.

A otra escala, el agua dulce también fue objeto de deseo para los pescadores almerienses más avezados a la competición. Los primeros pasos se dieron en el Guadalentín y el Guadiana Menor. “Había que ir donde había peces, aunque nos pillaba muy retirado”, recuerda Roba. En las escasas riberas fluviales del poniente andaluz se han visto las cañas de coup –en menor número, eso sí– en una evolución similar al resto de la comunidad, llegando algunos de sus pescadores con honores a la alta competición, pese al esfuerzo que debían hacer al desplazarse a lejanos escenarios para entrenar.

Granada

1970. Pesca a mosca en el río Cacín. Atentos al guardia civil que vigila la escena. Foto: Fernando Roba

La primera imagen de pesca recreativa continental en Granada podría ser una ‘caña del país’ en la orilla del embalse de Cubillas, a apenas 12 kms de la capital. Aquel era un instrumento artesanal, fabricado con cañaverales y anillas anudadas, a cuyo anzuelo se prendía la clásica lombriz de tierra, infalible para el barbo autóctono y el cachuelo. Ambos terminaban siempre en la cazuela. El barbo se buscaba en los saltos de agua, donde se acumulaban gran cantidad de ejemplares. Treinta años atrás, Huétor Tájar y Loja concentraron la afición a la pesca fluvial. En el río Genil, los pioneros de la pesca recreativa en agua dulce capturaban unos barbos enormes, también cachos. Ya en los 80, se celebraron torneos populares de gran participación. Sirva como ejemplo un evento organizado por el club Hermandad Ferroviaria –procedente de Educación y Descanso– en el embalse de Los Bermejales que concentró 400 puestos.

La trucha era en Granada tan abundante que se pescaba en la misma capital, como en breve podrá volver a hacerse si proliferan las repoblaciones efectuadas en un tramo urbano del Genil que va desde Puente Verde en dirección al embalse de Canales.

Así era fácil que los niños se hicieran con un equipo básico para sentirlas en el extremo del sedal. Bastaba lanzar una cucharilla en aguas del Genil, a la altura de la avenida Cervantes, por ejemplo, para clavar una buena cantidad de comunes. En el puente romano que presidía el río Cacín se contemplaban cientos de ellas. Gloriosa visión. Los aficionados visitaban todo el macizo de Sierra Nevada, hoy vedado en buena parte tras la creación del Parque Nacional. El desfile de aficionados trucheros abarcaba el citado río Genil, todo el curso del Trevélez, el Dílar, la zona del Marquesado, las Alpujarras… Otros puntos trucheros frecuentados por los primeros aficionados granadinos eran el río Monachil a la altura de Huétor Vega, el río Dauro junto al célebre Paseo de los Tristes o el popular coto de Riofrío, al que hacíamos referencia en los inicios de este capítulo por su antigua actividad truchera.

En la costa granadina, como en la vecina Málaga, la pesca desde embarcación se caracterizaba por las marcas. No las fijaban, obviamente, unas coordenadas de GPS, sino el alineamiento visual de determinadas referencias costeras.

Zonas de pesca halladas antaño por viejos pescadores que, arrastrando artes de merluzas al garete, enganchaban el coal en corales. La celosa transmisión oral de padres a hijos o entre intimísimos amigos permitía a los dueños de modestas embarcaciones de madera localizar fondos rocosos de tamaños reducidos en lugares perdidos de las arenosas profundidades marinas que caracterizan el litoral mediterráneo andaluz. Era la pesca a ojo. Y es que, frente a Motril –o, mejor dicho, desde el Cabo de Gata al Estrecho–, la plataforma continental descubre, paralela a la costa, una cordillera submarina tras un escalón entre los 100 y 110 mts de profundidad. Esta circunstancia confiere a la pesca desde embarcación en Granada y las demás provincias andaluzas mediterráneas un carácter singular. 40 años atrás, la localización exacta de una ‘piedra’ de apenas un centenar de metros de longitud era secreto de estado: el Chucho (entre Motril y Torrenueva, marcada por el faro Sacratif), La Cota, el Cortijo Fuera, Los Naranjos, etc. Hoy en día aún lo es, pero sólo aquélla pequeña y recóndita que permanece virgen y libre de la presión pesquera. Esa piedra soñada en la que no ha caído nunca un chambel. En cualquier punto a partir de 80 mts de profundidad donde el plomo tocara en duro se rubricaban enormes pescatas de borazos –así llamados aquí los besugos de la pinta, que no voraces– y otros peces de piedra aún más apreciados: pargos, brótolas, gallinetas, zafíos, etc. La técnica: aparejo de mano –chambel– con cebos de bogueta, sardinas frescas y calamar. Había mucha afición y mucha pesca. A pocos metros de la orilla se podían capturar numerosos besugos blancos –aligotes–, mojarras, doncellas, vaquillas, loritos, etc.

¿Era una pesca más bonita? “Sí. El pescador antiguo preparaba sus propios aparejos, cortaba las carnadas a su gusto y pescaba a su antojo, moviendo la mano o manteniéndola quieta. El que siempre había pescado al roquedo fijaba a conciencia las marcas altas y bajas en la costa, e iba siempre con la ilusión de coger un pescado, ya fuera un pargo, zafío o brótola, e incluso dentos y gallos, que ya no hay. Sentías esos grandes peces en la mano”. Son palabras de Paco López, sabio pescador granadino.

Salir a mar abierto con aquellos modestos botes de madera impulsados por motores de escasas potencia y fiabilidad era una auténtica aventura. A veces, los aficionados se reunían en grupos para alquilar una baca –embarcación profesional que practica la pesca de arrastre– que les llevara al Seco Motril o, si el mar ponía de su parte, a la lejana Isla de Alborán. También se pescaba al curricán, siempre buscando las corrientes de aguas cálidas. Junto a la costa se tentaban peces de superficie como doblás –obladas– y palometas; también lubinas y bailas, que en los acantilados rocosos se mostraban al alcance de las muestras de las cañas de lance. Un poco más adentro, el curri obtenía buenos resultados con el verderón o lecha. El señuelo más utilizado era el macarrón de color caramelo o blanco.

En las playas granadinas y sus vértices rocosos también se vieron siempre las cañas de bambú, origen del moderno surfcasting. Desde costa, los amaneceres y atardeceres del verano mostraban hermosas bailas y lubinas en las playas de Calahonda y Castell de Ferro. Otro método empleado en la zona era el lanzado de lienzas atadas a una cañadera. Sobre ella se colocaba una lata. Con la picada, la lata saltaba por los aires. Una técnica eficaz. Desde Almuñécar hasta Adra, cualquier cala paradisíaca granjeaba fuertes emociones para la pesca con caña. Capítulo aparte merecía la carretera sinuosa que llevaba antaño a esos enclaves costeros. Dura vida la del pescador deportivo: o se calentaba el motor del seiscientos junto a Castillo de Baños o la boria impedía cuadrar la Casería con la punta blanca del Mulei –Mulhacén– y la antena de Sierra Lújar con el depósito de La Mamola, así que los aparejos caían a levante o poniente de la Piedra de Melicena.

Jaén

Jaén destacó siempre por sus truchas. Las hermosas farios centraron el interés de los primeros ‘deportivos’, quienes, dada la lejanía del mar, veían también la afición como la única oportunidad de comer pescado fresco. Aquellos aficionados no solían ser de la capital, sino de municipios surcados por los abundantes cursos fluviales de aguas transparentes que recorren estas tierras, especialmente las 214.000 hectáreas del Parque Natural Sierra de Cazorla y Segura. Aquí, por ejemplo, se pescó el récord nacional de trucha común, un ejemplar de 9,850 kgs capturado por Ángel Gómez, ya fallecido. La afición, decíamos, se amamantó en localidades ribereñas y cortijadas como La Toba, Segura de la Sierra, Santiago de la Espada y Hornos. En cada una de ellas había varios pescadores recreativos que descubrieron la calidad deportiva y gastronómica del bravo salmónido.

A mediados de siglo ya se conocían pesquerías en los ríos Borosa y Guadalentín, hasta que llegó el boom de los pantanos. El de La Bolera era el más visitado en el último cuarto de siglo.

En esta provincia del noreste andaluz, como en el resto de la región, la pesca experimentó un fuerte impulso y evolución al iniciarse los años 90. “Aquí se ha pescado toda la vida, pero antes la técnica era una aberración si la valoramos desde una perspectiva actual. Se usaba un hilo del 40 y se pescaba al muerto. Lo más común era lanzar al medio del pantano un cachuelo de 100 gramos que se capturaba previamente en el río. Ni siquiera se usaba una caña”, comenta Antonio López Iruela, presidente de la Federación Andaluza de Pesca Deportiva, natural de Pozoalcón, Jaén. La que cita era una técnica ciertamente selectiva, amén de altamente efectiva, porque las truchas que acudían al reclamo eran de dos kilos para arriba, dadas la ausencia de presión pesquera y la impresionante capacidad de engorde de esta especie cuando se aclimata a un gran ambiente acuático. Y, al fin y al cabo, se les ofrecía el que era su alimento natural. La cucharilla se extendió en los años 60: el lance ligero llegó para quedarse. Lo de la mosca es cuestión de antes de ayer.

Los ríos trucheros albergaban también barbos y bogas, apreciados antaño en la cocina jiennense.

No era este el caso de la carpa, que “no gustaba comerla ni pescarla”, según López Iruela, circunstancia que propició la tardanza en salir buenos pescadores de coup por estas latitudes. En esta modalidad fue Linares la ciudad que asumió el liderazgo provincial. Sus aficionados adquirieron destreza en el manejo de las cañas desnudas en aguas de La Fernandina o Guadalén. Los basses llegaron más tarde, ya iniciados los 70. Alguien comentó que en El Encinarejo, junto al Santuario de la Virgen de la Cabeza, se capturaban esas percas verdosas conocidas aquí como blablás, y los aparejos que los clavaban eran tan sencillos que no difirieron de los usados para el barbo y la carpa: a boya con lombriz viva. Así salían ejemplares muy hermosos. El lance de las cucharillas ‘trucheras’ extendió la afición a cierto número de pescadores jiennenses, que visitaban el citado Encinarejo o El Tranco, aunque a un nivel muy inferior a salmónidos y ciprínidos. Precisamente los buenos maestros de la cola de rata con base de operaciones en estas tierras son los que saben extraerle al bass la mayor combatividad y espectacularidad.    

Córdoba

En Córdoba, por último, el testimonio oral sitúa el primer lance en el Arroyo Pedroche, que busca el gran río junto a la misma capital. La técnica: una caña de dos metros y un pequeño carrete, “lo que había”. Luego llegaron los clubes y las cañas de coup. Tanto en esas aguas como en el mismo Guadalquivir, lo que predominaba era el barbo y la boga. Las zonas del río más frecuentadas eran las de Alcolea, Carbonel, Picaderos –debajo del recinto ferial– y Guadabarbo. En todos estos escenarios se siguen celebrando concursos, pero menores, pues ha ganado peso el Pescódromo. La pesca de agua dulce encontró en esta provincia otros escenarios idóneos, como Sierra Boyera, La Breña, Retortillo, Guadalnuño o Guadalmellato. “Se cogían peces en todas partes”, recuerda Pedro Fernández Morales, pescador cordobés de alta competición. En los últimos 20 años la carpa adquirió protagonismo en toda la cuenca del Guadalquivir.

Los pescadores de la ciudad califal son los actuales líderes regionales de la pesca del black bass.

Hace 40 años, poco después de la introducción de la especie en la península, comenzaron las primeras capturas en el desembalse de La Breña y la práctica totalidad de afluentes del Guadalquivir, entre ellos el riachuelo conocido como Los Sifones, que pasaba por el actual embalse de San Rafael de Navallanas, epicentro de la pesca andaluza del gran centrárquido en nuestros días. El embalse de Puentenuevo era el que albergaba las mejores capturas, según decían porque la presencia de una central térmica mantenía alta la temperatura del agua. También visitaban los aficionados cordobeses al lance ligero el vecino embalse de Jándula, donde se hacían con, literalmente, sacos de basses. Era un espectáculo. Se tentaba con las muestras “de toda la vida”, cucharillas y rapalas; los más avezados con señuelos flotantes como el popper. Había mucha afición al cebo vivo: colmilleja o lamprea, saltamontes… Una minitalla prendida a una potera unos metros por debajo de una boya era sinónimo de un buen black bass.

© Quico Pérez-Ventana

 

Llueve sobre el río…

El agua estremece

los fragantes juncos

de la orilla verde…

¡Ay, qué ansioso olor

a pétalo frío!

Llueve sobre el río…

Mi barca parece

mi sueño, en un vago

mundo. ¡Orilla verde!

¡Ay, barca sin junco!

¡Ay, corazón frío!

Llueve sobre el río…

 

(‘Anteprimavera’, Juan Ramón Jiménez)

COMENTARIOS

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    I learned a lot from this post, much appreciated! 🙂

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    Thanks for the share!
    Nancy.R

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